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  Economía  Cuando el clima político afecta a la economía, y lo hace de forma negativa
Economía

Cuando el clima político afecta a la economía, y lo hace de forma negativa

17 de junio de 2026
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El presidente del Gobierno mantiene con vida una legislatura moribunda con la engañosa creencia de que España navega en una apacible estabilidad política y social, que se manifiesta en un generoso crecimiento económico y del empleo, a pesar de haber pasado toda la legislatura sin un solo presupuesto general del Estado, con una agenda política sepultada bajo casos de corrupción y un hilo de apoyo político muy débil que le impide aprobar cualquier iniciativa parlamentaria y que proyecta una imagen de interinidad y de un final de ciclo agónico. La situación dista mucho de ser normal y, aunque es difícil de cuantificar, tiene un impacto muy negativo en el comportamiento de la economía, tanto para los agentes internos como externos, cuando España tiene que hacer frente a graves emergencias que no pueden esperar a que mejore el estado de ánimo de los líderes políticos. Seguir leyendo

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Muchas decisiones de inversión se ven paralizadas por la incertidumbre y el deterioro de la reputación debido a la corrupción

Feed de noticias MRSS-S

El presidente del Gobierno mantiene con vida una legislatura moribunda con la engañosa creencia de que España navega en una apacible estabilidad política y social, que se manifiesta en un generoso crecimiento económico y del empleo, a pesar de haber pasado toda la legislatura sin un solo presupuesto general del Estado, con una agenda política sepultada bajo casos de corrupción y un hilo de apoyo político muy débil que le impide aprobar cualquier iniciativa parlamentaria y que proyecta una imagen de interinidad y de un final de ciclo agónico. La situación dista mucho de ser normal y, aunque es difícil de cuantificar, tiene un impacto muy negativo en el rendimiento de la economía, tanto para los agentes internos como externos, cuando España tiene que hacer frente a graves emergencias que no pueden esperar a que mejore el estado de ánimo de los líderes políticos. La madurez que se supone que ha adquirido Pedro Sánchez tras ocho años en el Gobierno le aconseja agotar la legislatura y convocar elecciones cuando le corresponda constitucionalmente, un compromiso que contrasta con el gusto enfermizo y poco edificante que mostraba por las repeticiones electorales en sus primeros años al frente del PSOE. Debe de ser porque cree que entonces le convenía, y que ahora le perjudica, pensar —algo inusual en un líder político con responsabilidades de primer nivel— más en el interés individual que en el colectivo. Cuando España entró en la espiral de inestabilidad política que había quedado atrás tras la gran recesión, y tras las elecciones del 20 de diciembre de 2015, Sánchez, un auténtico demócrata adicto a las repeticiones electorales y a las decisiones antiliberales de la Asamblea, forzó una nueva convocatoria (26 de junio de 2016) para impedir que Mariano Rajoy continuara en La Moncloa. Como el resultado tampoco dejaba opciones alternativas, intentó forzar una segunda repetición electoral que, según el calendario, habría caído en plena Navidad, y que había llevado a los veteranos del PSOE, instigados por Felipe González, a exigir la destitución de Sánchez de un comité federal del partido y a abstenerse para que Rajoy fuera investigado de nuevo. Tras llegar al poder mediante una moción de censura, intentó agotar la legislatura para «estabilizar el país tras la alarma social provocada por la corrupción», pero tuvo que ceder a las exigencias de sus socios parlamentarios y convocar elecciones para el 28 de abril de 2019. Como el resultado no fue del todo de su agrado, forzó una nueva convocatoria (10 de noviembre de 2019) para no gobernar con el «Nosotros». En consecuencia, al dejar el PSOE tal y como estaba, de repente superó las pesadillas paralizantes que le habrían llevado a gobernar con Pablo Iglesias y a cerrar un acuerdo «ilusionante» con él en 24 horas. Y tras el giro que dio en la primavera de 2023 para adaptarse a los ámbitos municipal y autonómico, se apresuró a convocar elecciones en plena canícula de finales de julio, y a formar gobierno tras perder las elecciones, rompiendo algunos de los consensos políticos no escritos del parlamentarismo español que son de sobra conocidos. Todo esto es una historia que conocen quienes están informados, pero que conviene recordar por el contraste que refleja el espejo cóncavo de la actualidad, en el que los casos de corrupción que salpican al partido del Gobierno (secretarios de organización y directivos) y, presuntamente, el propio Gobierno (un poderoso exministro de depuración política, a punto de ser condenado en 2018), tienen al país en la miseria, al ejecutivo paralizado, al parlamento fuera de juego y a la economía en jaque por la multitud de decisiones de consumo e inversión que aún deben recuperar una estabilidad que solo aprecian los ojos del Gobierno. Al parecer, a diferencia de lo ocurrido en 2018, ahora no hay señales de alarma social. . No se suele hablar de ello en los medios para entrar en el juego de la política, pero hay advertencias persistentes sobre el daño que la parálisis política y la multitud de casos de corrupción de los órganos de poder están infligiendo a la economía y a la reputación del país. Un coste generado tanto por las pocas decisiones que se toman como por las muchas que deberían abordarse antes de que el tiempo las agrave. La excusa de que España es el país que más crece en Europa no cuenta, porque la forma en que lo hace es su propia debilidad, y porque nunca sabremos, aunque podamos sospecharlo, cuánto mayor, en cantidad y calidad, podría ser el rendimiento de la economía con normalidad política, con más leyes de consenso y menos decretos, y con la sencilla y aburrida aprobación de los presupuestos del Estado cada año natural, un acto tan constitucional como agotar las legislaturas, en lugar de hacer malabarismos con las cuentas prorrogadas para hacer frente a los pagos públicos. Está muy bien crecer año tras año más del 2 % y alcanzar un récord de empleo, pero más aún hacerlo de la forma engañosa que proporcionan el crecimiento de la población inmigrante y el empleo, en el marco de una política económica y laboral que ha fomentado el reparto de los puestos de trabajo existentes y la concentración masiva de los nuevos empleos en servicios de escaso valor añadido, y que ha provocado un lento descenso de la productividad y un estancamiento de la renta per cápita en los últimos 15 años, en los que se ha prolongado la senda de convergencia hacia Europa. A pesar del impulso del turismo, que pone de manifiesto el declive de las variables que determinan la competitividad económica, el crecimiento se basa cada vez más en el consumo interno, privado y público, y menos en el sector exterior. Inversión extranjera. Aunque también se ve afectada por condiciones ajenas a la situación política nacional, España se ha estancado en la captación de inversión extranjera (en 2025 se redujo un 22 %), un fenómeno que siempre ha acompañado a los saltos de riqueza del país, precisamente en el contexto de la reorientación de las apuestas empresariales a nivel mundial, tras la censura de la globalización y el multilateralismo. España ha perdido su atractivo como destino de inversión, tal y como refleja la amplia encuesta realizada este año por Kearney entre más de 500 altos directivos de multinacionales. Los elevados niveles de deuda y las restricciones gubernamentales a las adquisiciones de empresas y negocios considerados estratégicos son los responsables de la pérdida de atractivo de España. Si en 2023 ocupaba el octavo puesto mundial en atracción de inversión, ahora se sitúa en el decimoquinto. Otros índices que destacan el elevado peso del gasto público, el exceso de regulación y la inseguridad jurídica como los factores en los que España obtiene peores resultados reflejan deficiencias similares. A nivel nacional, los empresarios señalan repetidamente en las encuestas de actividad del Banco de España el elevado nivel de incertidumbre política como un freno a las decisiones de inversión privada desde la pandemia, mientras que la inversión pública solo se ha reactivado en los últimos años gracias a los fondos europeos, que no se han gastado en su totalidad debido a la falta de interés en la cofinanciación de determinadas actividades identificadas por el Gobierno. Los indicadores de Transparency International, que evalúan la calidad institucional y los niveles de corrupción, muestran que España obtiene peores resultados que la media europea, con 17 de los 27 países mejor situados. Un informe de la Fundación BBVA, ya en 2018, recordaba que España presenta un nivel de calidad institucional y regulatoria inferior al que le correspondería por su nivel económico, con un coste económico que va más allá de los fondos sustraídos por las redes de corrupción y que se centra en los desincentivos al espíritu emprendedor, la innovación, la competencia y el esfuerzo, con el consiguiente deterioro de la inversión, la productividad y los ingresos de los ciudadanos. La ola de intervencionismo en las instituciones reguladoras de los últimos años solo ha servido para dañar la reputación del país a los ojos de quienes buscan oportunidades de negocio en él. Por decisiones propias y extranjeras, y también por indecisiones negligentes, la mejora de la economía es más nominal que real y no refleja el nivel de vida de la población, que, a pesar de las cifras récord de empleo y de las mejoras salariales impuestas, se aleja cada vez más de la posibilidad de satisfacer algunas de sus aspiraciones básicas, como la vivienda, y su poder adquisitivo se ve mermado por los aumentos acumulados de los precios desde 2020. Estas dificultades y otras relacionadas con el estancamiento de la productividad y los ingresos reales, la creciente incertidumbre sobre el respaldo del Estado del bienestar, la parálisis de la inversión, el deterioro del sistema educativo, la escasa respuesta a la digitalización o el estigma que genera la ola de corrupción y que paraliza las decisiones, solo pueden resolverse mediante la iniciativa política de mayorías reforzadas y estables, sean del color que sean, y no mediante la actual situación de parálisis. ¿Compensa el declive de la economía y su futuro la situación, en la medida en que es legalmente posible? José Antonio Vega es periodista.

 

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