Un Woody Allen de un metro que compré en el Barrio Gótico de Barcelona cuando aún no tenía dinero para caprichos es la única cosa grande que ha sobrevivido a mis mudanzas durante 25 años. Era Woody. Ahí está, mientras escribo, mirándome con esa mirada bondadosa del genio que ve a un tonto de esos. Las casas y las parejas han cambiado; las fiestas de los primeros tiempos y los vecinos indignados han dado paso a las de los cumpleaños infantiles y a los padres agotados, y en ningún momento de ese proceso vital ha estado en peligro, aunque haya pasado de ser un icono a convertirse en un paria. En mi salón no hay lugar para el «cancel culture» cuando tú creaste «Manhattan» (y la justicia te ha dado la razón). Woody Allen es el límite de mi «wokismo».
Hace tiempo que se ha convertido en un paria y en un mercenario; no hace películas para nosotros, las hace para sí mismo, para respirar y seguir vivo. Me alegro por él.
Un Woody Allen de un metro que compré en el Barrio Gótico de Barcelona cuando aún no tenía dinero para caprichos es la única cosa grande que ha sobrevivido a mis mudanzas durante 25 años. Era Woody. Ahí está, mientras escribo, mirándome con esa mirada bondadosa del genio que ve a un tonto de esos. Las casas y las parejas han cambiado; las fiestas de los primeros tiempos y los vecinos indignados han dado paso a las de los cumpleaños infantiles y a los padres agotados, y en ningún momento de ese proceso vital ha estado en peligro, aunque haya pasado de ser un icono a convertirse en un paria. En mi salón no hay lugar para el «cancel culture» cuando tú creaste «Manhattan» (y la justicia te ha dado la razón). Woody Allen es el límite de mi «wokismo». . Al borde de los 91 años, el mes que viene comenzará a rodar su anuncio turístico, perdón, su película sobre Madrid. Habrá a quien le dé pena ver a un gigante convertido en mercenario a sueldo de cualquier político con ganas de hacerse un lifting, pero no es mi caso. Todo lo que le permita morir con las botas puestas, que es lo que él quiere, me parecerá bien aunque implique seguir perpetrando aberraciones como ‘A Roma con amor’. No espero gran cosa de su visión de mi ciudad, pero da igual. Hace tiempo que Woody Allen no hace películas para nosotros, las hace para sí mismo, para respirar y seguir vivo. Bien por él.. Cuando se estrene, nos quejaremos, como ya pusimos el grito en el cielo porque ‘Vicky Cristina Barcelona’ abusaba del estereotipo. Vaya novedad. Esto siempre me ha hecho gracia: a todos nos divierten los clichés ajenos y nos ofenden muchísimo los propios. Veneramos a la Annie Hall con sombrero y chaleco que va a ver documentales franceses como si la Nueva York de finales de los 70 fuera un paraíso de gente culta y hermosa y no una ciudad arruinada y peligrosa; consideramos ‘Medianoche en París’ como su última obra mayor pese a que reúne tantos tópicos que sólo falta que Marion Cotillard hable como Raúl Cimas en el gag de la fegueteguía de los franchutes, y del manido Londres pijo de ‘Match Point’ mejor ni hablamos, pero nos ponen un tipo tocando flamenco en Oviedo y queremos quemar copias. Fuera gustó, claro. No seamos paletos.. Sí, Woody Allen vive del estereotipo, empezando por el suyo, ¿y qué? En la peli de Madrid no hablará de la invasión rica de los barrios del centro y el exilio obligado del madrileño ni de cómo cada tienda es hoy una cafetería cuqui o un sitio de uñas. Saldrá una pareja joven y guapa, se encontrarán, se perderán y tendrán conversaciones menos ingeniosas que hace 40 años, pero más que el 90% del cine actual. No será gran cosa, pero será. Será Woody Allen. Demos gracias.
Noticias culturales
