La vivienda parece un rompecabezas. Todos sabemos qué imagen queremos obtener, pero aún no hemos colocado la pieza que nos permita empezar a encajar las demás. Esa pieza es la reforma de la ley del suelo. Seguir leyendo
Esta medida no resolvería por sí sola el problema inmobiliario, pero contribuiría a aumentar la oferta de viviendas
Noticias MRSS-S
La vivienda parece un rompecabezas. Todos sabemos qué imagen queremos obtener, pero aún no hemos colocado la pieza que nos permita empezar a encajar las demás. Esa pieza es la reforma de la ley del suelo. La vivienda se ha convertido desde hace tiempo en el principal cuello de botella, capaz de estrangular el crecimiento económico. O en un agujero negro que impide que los buenos datos macroeconómicos mejoren el día a día de la gente, como ha señalado acertadamente Anton Costas. Porque podemos hablar del crecimiento del PIB, del empleo o de la solidez de ciertos indicadores. Encontrar una vivienda asequible se ha convertido en una quimera para miles de ciudadanos, pero, más allá de cualquier estadística, tiene más peso para ellos. La inflación preocupa porque reduce el poder adquisitivo de las familias. Basta con ir al supermercado para comprobarlo. Sin embargo, aún más preocupante es la dificultad para alquilar o comprar una vivienda, especialmente en las grandes ciudades y en las zonas con mayor actividad económica. Nos enfrentamos a un problema que se extiende más allá del mercado inmobiliario. Limita la capacidad de las empresas para atraer trabajadores allí donde se genera más empleo, retrasa la emancipación de los jóvenes, condiciona los proyectos familiares y acaba afectando a la natalidad, a la movilidad laboral y, en última instancia, al potencial de crecimiento de España. Por ello, resulta sorprendente que una cuestión de tal importancia se haya convertido en un elemento más de la confrontación política. El hecho de que la vivienda ocupe un lugar central en el debate público es una buena noticia. Lo preocupante es que este debate no sirva para acelerar las soluciones, sino más bien para agravar la confrontación. Los ciudadanos apenas comprenden que los acuerdos son consecuencia de su pasividad ante un problema que todo el mundo reconoce. Porque el diagnóstico, en realidad, está bastante claro. España necesita construir unas 120 000 viviendas al año. El número de hogares crece a un ritmo mucho mayor que la oferta disponible, y este desequilibrio explica en gran medida las tensiones que estamos viviendo. Al igual que en medicina, una vez diagnosticada la enfermedad, lo realmente importante es acertar con el tratamiento. Sería ingenuo pensar que existe una solución única. La vivienda es un problema multifacético que implica muchos factores, entre ellos la financiación, la disponibilidad de suelo, la agilidad administrativa, la colaboración administrativa, la capacidad constructiva o la escasez de mano de obra. En este momento, lo más urgente y trascendental sería la reforma de la ley del suelo. No resolverá el problema por sí sola, pero puede eliminar uno de los principales obstáculos que hoy frenan el aumento de la oferta. Por eso creemos que es acertado que el Gobierno quiera incorporarla al real decreto, que finalmente no se aprobó el pasado martes debido a la falta de apoyo parlamentario. Una falta de apoyo que da lugar a
