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La nueva y laxa regulación de EE. UU. para emitir estas monedas despierta recelos por su fragilidad y pone de manifiesto el papel hegemónico del dólar
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Este artículo es una versión del «boletín» semanal «Inteligencia económica», exclusivo para los suscriptores «premium» de CincoDías, aunque el resto de suscriptores también pueden probarlo durante un mes. Si quieres suscribirte, puedes hacerlo aquí. Las stablecoins tienen sus límites este verano. La normativa europea ya está en vigor y EE. UU. está a punto de aclarar los pormenores de cómo regulará los activos digitales que, para algunos, son el dinero del futuro y, para otros, el peligro del presente. Hoy hacemos un repaso para entender por qué la proliferación de este dinero virtual debería interesarnos, ya que pone en peligro la economía en su conjunto (y no, no se trata solo de una inversión «friki» de unos pocos). ¿De qué se trata? Hoy empezamos sentando las bases de los temas que trataremos y, a continuación, emprenderemos nuestro viaje en el tiempo, donde, por supuesto, se pueden extraer lecciones de lo que se nos presente. Los asteriscos nos llevan a la sección de conceptos, por si necesitamos repasar primero qué son las criptomonedas. Una stablecoin es un tipo de criptoactivo * —un vale digital— que mantiene un valor estable vinculado a una referencia que puede ser una moneda de curso legal, como el dólar o el euro. En otras criptomonedas, como el bitcoin*, la oferta y la demanda hacen que el precio fluctúe muy rápidamente y sea muy volátil. Una moneda estable promete mantener el precio de un dólar bajo la premisa de que, por cada moneda digital emitida, existe un respaldo equivalente en dinero real —ese dólar físico— custodiado por el emisor. Puedes encontrar una explicación más detallada aquí. El análisis conceptual revela una contradicción en su diseño. El dinero real no es solo tecnología, es un sistema de confianza respaldado por leyes, instituciones y Estados. Para que el dinero sea fiable, debe responder al máximo al principio «No Questions Asked» (NQA), es decir, que nadie se pregunte qué valor tiene lo que lleva en el bolsillo. Las criptomonedas, como el Bitcoin*, nacieron para prescindir de esta estructura centralizada y funcionar de forma independiente, y eso es lo que las hace tan atractivas para anarquistas, libertarios y todo tipo de ideologías que quieren prescindir de las instituciones (incluida la familia Trump). Pero esta supuesta autonomía genera una volatilidad insostenible para el uso cotidiano. La tecnología fundamental y la estabilidad institucional del dinero están en conflicto entre sí, lo que hace que acaben pareciendo productos financieros tradicionales, como los fondos de inversión, que mantienen el capital en activos seguros. La «estabilidad» que da nombre a esta moneda le abre cada vez más aplicaciones en la economía real. Sirve como medio para permitir a los inversores en otras criptomonedas convertir sus pérdidas en efectivo sin salir de la cadena de bloques de la red*. En las economías en desarrollo con monedas muy débiles o altas tasas de inflación, ¿los ciudadanos las utilizan para proteger sus ahorros comprando?
