No sé cocinar, pero sí que sé comer. Eso lo tengo controlado. Y yo me encargo del pago. No me avergüenza gastar dinero en ser feliz. El problema es que, si no tienes suficientes hijos para ocupar las mejores mesas y no quieres ir siempre a los mismos restaurantes, estás condenado a ser víctima de uno de los grandes flaggels de hoy en día: los influencers gastronómicos, esa pandilla capaz de vender a su madre por una hamburguesa «smash» o por la imitación sin igual de la incomparable tortilla «vaga» de Sacha.
Todo intento de innovación realizado siguiendo los consejos del supuesto prescriptor y utilizando algunos medios especializados acaba en fracaso. No hacen reseñas, hacen anuncios. Todo por mil clics y una cena gratis.
No sé cocinar, pero sí que sé comer. Eso lo tengo controlado. Y yo me encargo del pago. No me avergüenza gastar dinero en ser feliz. El problema es que, si no tienes suficientes hijos para ocupar las mejores mesas y no quieres ir siempre a los mismos restaurantes, estás condenado a ser víctima de uno de los grandes flaggels de hoy en día: los influencers gastronómicos, esa pandilla capaz de vender a su madre por una hamburguesa «smash» o por la imitación sin igual de la incomparable tortilla «vaga» de Sacha. . La idea era fantástica. Cualquiera con pasión y gusto podía convertirse en prescriptor, una necesaria democratización de lo esnob, pero el fenómeno no ha roto por ahí, arrasado por el postureo de las redes y la precariedad de otra burbuja que no sostiene a tanta gente. Los hay buenos, muy buenos y muy pocos, críticos de verdad, pero la mayoría de los que te atacan por sorpresa en Instagram no quiere comer bien, quiere comer gratis. Y su élite es peor, directamente se han vendido a los amos del negocio. Como los pseudoperiodistas de los fichajes de fútbol, son mercenarios al servicio del que paga, sean los agentes, los clubes o los dueños de ciertos restaurantes. Desde hace un par de años, cada intento de innovar siguiendo el consejo de un influencer o, por qué no decirlo, de supuestos medios especializados acaba en fiasco.. Por eso, amigos míos, cuando busquen un destino nuevo y vean que, de golpe, aparece en todas las listas de ‘indispensables’, sepan que no es por bueno, es por poderoso. Si el restaurante recomendado pertenece a un grupo con muchos sitios de moda y quieres comer bien, no ver a un famoso en el reservado, corre. Corre lejos. No es una crítica, es un anuncio. Si el nombre del local es un adjetivo con implicaciones canallitas o contiene una referencia tropical, hazte la foto en la puerta y no pierdas tiempo pidiendo. Seguro que hay un kebab cerca y vas a cenar mejor. Si el influencer dice «¡Guaaaaaauuuu!» cada vez que muerde algo, unfollow. Si resalta el tamaño de las raciones y el ambiente del local, la comida es mala. Si habla de un cachopo como si fuera un plato para adultos, denuncia. A la red social y a la Policía.. España está plagada de fantásticos restaurantes, caros y baratos, pero esos no interesan a esta milicia porque con ellos no pueden hacer negocio. Verdejo, La Catapa, Sacha, La Buena Vida, Bacira, Kitchen 154… Su localidad tendrá otros muchos que no necesitaron para triunfar la ayuda de un jeta que acepta dinero o una cena gratis a cambio de un vídeo elogioso. Si no pagas la comida, no la respetas. Si cobras por tu halago, no vale nada. Como para fiarse…
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