Menudo título, ¿verdad? Tanto catastrofismo y tanta distopía. El pesimismo subyacente en una sociedad que se empeña en recordarnos que todo va a salir mal. Que estamos condenados a la desgracia. Un futuro negro, negro como el carbón.
Esta obra de danza contemporánea se enmarca en un futuro distópico y, a su vez, reclama esperanza para el futuro de la humanidad. Estreno en Madrid el 17 de septiembre
Menudo título, ¿verdad? Tanto catastrofismo y tanta distopía. El pesimismo subyacente en una sociedad que se empeña en recordarnos que todo va a salir mal. Que estamos condenados a la desgracia. Un futuro negro, negro como el carbón. . Distopías hay muchas; y las hay que han aguantado el paso del tiempo. Aunque, por lo general, el optimismo no se suele llevar tanto cuando se proyecta al futuro. El filósofo Olaf Stapledon (Reino Unido, 1886) concibió su novela La última y primera humanidad como una epopeya de la humanidad que se prolonga durante dos mil millones de años: sus transformaciones, sus mutaciones y su lucha por sobrevivir en un mundo que cambia constantemente. Una historia sobre el destino de la raza humana que nació como novela, después quiso ser cine experimental -de la mano de Jóhann Jóhannsson- y ahora se convierte en danza.. La versión bailada de esta historia se estrena en Madrid el próximo 17 de septiembre. Last and First Men, la pieza de la compañía británica NEON Dance inspirada en la novela y la película, llega por primera vez a España en el marco de LEV Matadero.. «El film es lento, hipnótico y en él solo aparecen estas extrañas esculturas conmemorativas brutalistas y futuristas, que funcionan como personajes alienígenas congelados en piedra», explica Adrianne Hart, creadora y directora de la pieza de baile contemporáneo. Frente al habitual imaginario distópico, Last and First Men juega con una capa narrativa que, dice Hart, dota a la historia de un tono muchísimo más esperanzador del que estamos acostumbrados (¡por fin!): «Los ‘últimos hombres’ nunca se rinden. El mensaje es que, si trabajamos juntos y en armonía con nuestro entorno, podríamos conseguir lo imposible».. Hart busca así un equilibrio entre permitir que el espectador habite su incomodidad y, a su vez, experimente «belleza y esperanza».Porque en este relato, estas últimas personas pueden comunicarse con las primeras. Se abre ahí una rendija para que los humanos que todavía no han pulverizado sus posibilidades de un futuro optimista hagan las cosas de otra manera.. La pieza busca que el público se detenga a contemplar el mundo que lo rodea e imagine hacia dónde podría dirigirse. «Los últimos humanos se comunican con ‘vidas pasadas’», dice Hart, lo que sugiere que pueden transmitir sus conocimientos «para ayudar a cambiar el futuro».. «Queríamos crear un lenguaje físico que resultara reconociblemente humano y que, sin embargo, al observarlo con más atención, pareciera extraño y desconocido», cuenta. Hart, junto a los bailarines, volvieron sobre fragmentos del texto de Olaf Stapledon para «desarrollar una fisicidad y una manera particular de moverse, percibir y comunicarse», explica. Traducir esta historia al lenguaje corpóreo, dice, añade una vitalidad que se suele perder en otros medios artísticos: «La danza aporta vida. Literalmente: el cuerpo que se mueve y respira. Da forma física a esta idea de una humanidad situada dos mil millones de años en el futuro, y esa encarnación puede contribuir a una experiencia más visceral para el público».. Durante todo el espectáculo, la voz de Tilda Swinton, que también narra la película homónima, está presente. Su narración actúa como potenciador de «color y forma» de cada gesto que se deja ver sobre el escenario. En palabras de Hart: «Es una narradora omnipresente que nos obliga a sentarnos y escuchar. Descubrirás a la humanidad entonando su propio réquiem de una manera inquietante, pero también un mensaje sobre la frágil belleza de la vida humana».
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