Godard argumentó en una ocasión que el cine es un signo y que los signos están presentes en la sociedad. Y, yendo un paso más allá, aunque siempre con el mismo tono enigmático, añadió: «El cine es lo único que nos ha dado una señal. Los demás nos han dado órdenes». En lo más profundo del cine moderno, la necesidad de recuperar la palabra, de no recibir más órdenes, de cuestionar la jerarquía que sitúa al creador y al espectador en un lado. La aspiración es siempre dar con el mecanismo emancipador de la representación. Nadie habla por nadie.
Carlos Saiz se presenta ante el mundo con un derroche de energía que es también una violenta declaración de principios de un nuevo cine.
Godard argumentó en una ocasión que el cine es un signo y que los signos están presentes en la sociedad. Y, yendo un paso más allá, aunque siempre con el mismo tono enigmático, añadió: «El cine es lo único que nos ha dado una señal. Los demás nos han dado órdenes». En lo más profundo del cine moderno, la necesidad de recuperar la palabra, de no recibir más órdenes, de cuestionar la jerarquía que sitúa al creador y al espectador en un lado. La aspiración es siempre dar con el mecanismo emancipador de la representación. Nadie habla por nadie. . La batalla de Lionel es precisamente ésa. Es cine que no deja indemne. Es cine que irrita ligeramente las retinas, nubla la vista, y cuyo propósito no es otro que ensuciar la mirada. La idea es salir de la sala de cine de otra manera, distinto, dispuesto a mirar el mundo del revés si es preciso. Parece malo y, en verdad, ésa es la gracia y hasta el sentido mismo del cine, del arte y de básicamente todo lo que importa. Se diría que, como teoría general, hay un cine que mancha, que se empeña en mezclarse con el lodo de lo real; cine que hace suyo ese barro hasta transformarlo en material noble desde el que moldear y dar sentido a precisamente la realidad. Hablamos de un cine que no busca ni ser simplemente espejo costumbrista ni experimentar cerca del límite, sino nada más que hablar por sí mismo. Lionel no da voz a nadie. Lionel toma la palabra. El matiz importa.. Se cuenta la historia de un padre y un hijo, los dos se llaman Lionel. Apurando, y aunque el director atienda la nombre de Carlos, también él es Lionel. El padre es como es: irascible, volcánico y a su modo indescifrable. El hijo es distinto, quizá opuesto, pero tampoco se deja definir muy bien. Juntos viajarán desde Totana en Murcia hasta Marsella, allá en Francia, donde vive la hija del primero y la hermana del segundo. Nada más.. Apenas la película da sus primeros pasos, todo vibra, todo se acerca peligrosamente a la verdad, todo adquiere eco, misterio y herida. Y, lo más relevante, .ya se ha dicho, deja mancha. Saiz convierte la puesta en escena en un campo de batalla. La idea es borrar el límite que separa la ficción de lo real, acabar con cualquier atisbo de impostura, de mentira, de artefacto o, llegado el caso, narración. Y así, en el drama casi bizarro de una familia que se grita, Lionel acaba por retratar con precisión asuntos tan a mano, tan familiares en sentido riguroso, y, si se quiere, sucios como el perdón, el abandono, la culpa o, ya que estamos, los lazos de sangre. Y claro, las retinas se irritan ligeramente.. –. Director: Carlos Saiz. Intérpretes: Lionel Corral Bernal, Lionel Corral, Alicia Corral Bernal. Duración: 95 minutos. Nacionalidad: España.
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