Cuando se estrenó «Terminator» en 1984, Skynet, una inteligencia artificial con el poder de decidir el destino del mundo, era una de las amenazas que planteaba la saga. Cuatro décadas después, la realidad es menos cinematográfica, pero quizá más inquietante. El poder aún no ha pasado a manos de las máquinas, sino a las de quienes las construyen y las controlan. En las últimas décadas se ha consolidado un tipo de liderazgo gubernamental basado en el concepto del «hombre fuerte», que el columnista del Financial Times, Gideon Rachman, describe como aquellos cuya toma de decisiones se produce de forma unilateral y cuya autoridad se basa en el culto a la personalidad. Sería el caso de presidentes como Vladímir Putin, Xi Jinping o Donald Trump. Desde el sector privado, y casi en paralelo, ha surgido una versión similar, pero con características propias: las técnicas. Sigue leyendo.
El peligro no reside en la tecnología, sino en quién la controla, cómo se gestiona y qué poder concentra.
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Inteligencia artificialOpiniónTexto en el que el autor aboga por ideas y saca conclusiones basadas en su interpretación de hechos y datosEl peligro no reside en la tecnología, sino en quién la controla, cómo se gestiona y qué poder concentra. maravillas delgadoCuando se estrenó Terminator, en 1984, la amenaza que presentó la saga era Skynet: una inteligencia artificial que escapaba al control de los gobiernos y adquiría autonomía para decidir el destino del mundo. Cuatro décadas después, la realidad es menos cinematográfica, pero quizá más inquietante. El poder no ha pasado a las máquinas, todavía, pero sí a quienes las construyen y controlan. En las últimas décadas se ha reforzado un tipo de liderazgo gubernamental basado en el concepto the strongman (el hombre fuerte), que el columnista del Financial Times, Gideon Rachman, describe como aquellos cuya toma de decisiones se produce de forma unilateral y su autoridad se basa en el culto a la personalidad. Sería el caso de presidentes como Vladímir Putin, Xi Jinping o Donald Trump. Desde el sector privado, y casi en paralelo, ha surgido una versión similar, pero con características únicas: los tech bros. La figura del gran empresario que utiliza su poder para influir en la política a su favor no es, ni mucho menos, nueva. Sin embargo, figuras como Elon Musk, de Tesla, Mark Zuckerberg, de Meta, Jeff Bezos de Amazon o Jensen Huang de Nvidia tienen características propias. En primer lugar, su ecosistema: la tecnología digital es el sector con mayor crecimiento de las economías modernas y ha producido los mayores multimillonarios de nuestra era. La dinámica de este mercado, además, propicia una concentración de riqueza y poder que parece infinita. En segundo lugar, su área de influencia. En un mundo conectado comercialmente, la necesidad de maximizar sus ventas ha catapultado la internacionalización de estos individuos a una velocidad sin precedentes. La tercera característica es su poder geopolítico, basado en dirigir empresas con capacidades que los Estados no poseen. Durante siglos dimos por hecho que la geopolítica era monopolio exclusivo de los gobiernos. Hoy es Elon Musk, y no un país aliado, quien suministra conexión a internet al ejército ucraniano a través de su red Starlink. Ante esta nueva realidad, el debate ya no es solo tecnológico, sino político. La pregunta clave es: ¿Son los intereses de estos individuos distintos a los de sus países? La realidad es que a menudo sus beneficios están ligados a subsidios estatales y contratos públicos, por lo que el Estado sigue teniendo un poder significativo. De hecho, la capacidad de la Administración estadounidense para restringir el uso de modelos de IA de empresas como Anthropic muestra que los gobiernos aún pueden limitar los intereses comerciales, independientemente del consejero delegado. Todavía no vivimos el momento Skynet, pero sí hemos cruzado otro umbral: por primera vez desde la Revolución I
