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  Economía  ¿Están las pantallas echando a perder a los niños? ¿Y los adultos tampoco?
Economía

¿Están las pantallas echando a perder a los niños? ¿Y los adultos tampoco?

12 de septiembre de 2026
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Si queremos mirar hacia el futuro con esperanza —y cada vez nos resulta más difícil—, nada debería importarnos tanto como la educación. Un mundo cada vez más complejo y avanzado tecnológicamente necesita personas bien preparadas para lo que está por venir, con criterio propio, valores sólidos y capacidad de adaptación. No hay duda de que las sociedades actuales, y sus autoridades, han otorgado a esta prioridad el lugar que le corresponde en términos de financiación y reconocimiento. El informe PISA, que analiza el rendimiento de los alumnos de 15 y 16 años en 90 países, nos ha dado esta semana una buena bofetada: España registra el peor resultado en la historia del estudio, que se remonta al año 2000. El tropiezo se produce en tres materias clave: comprensión lectora, matemáticas y ciencias. España no solo debe hacer un examen de conciencia: la media de los países de la OCDE también cae, por lo que debe haber razones de fondo que afecten a todas las sociedades occidentales. Seguir leyendo

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El informe PISA refleja un retroceso en el rendimiento escolar de los adolescentes y señala a la tecnología como enemiga de la concentración. El mundo anterior al móvil y a la IA no volverá

Noticias MRSS-S

Si queremos mirar al futuro con esperanza —y cada vez nos resulta más difícil—, nada debería importarnos tanto como la educación. Un mundo cada vez más complejo y avanzado tecnológicamente necesita personas bien preparadas para lo que se avecina, con criterio propio, valores sólidos y capacidad de adaptación. No hay duda de que las sociedades actuales, y sus autoridades, han otorgado a esta prioridad el lugar que le corresponde en términos de financiación y reconocimiento. El informe PISA, que analiza el rendimiento de los alumnos de 15 y 16 años en 90 países, nos ha dado un buen tirón de orejas esta semana: España registra el peor resultado en la historia del estudio, que se remonta al año 2000. El tropiezo se produce en tres materias clave: comprensión lectora, matemáticas y ciencias. España no solo debe hacer un examen de conciencia: la media de los países de la OCDE también cae, por lo que debe haber razones de fondo que afecten a todas las sociedades occidentales. No queríamos sacar conclusiones precipitadas, pero es que el propio informe lo dice: gran parte de la culpa recae en las pantallas, en cómo nos secuestran la atención y, con ella, la capacidad de concentración; en la dificultad para afrontar un texto largo y complejo, por no hablar de un libro; y en la pérdida de paciencia. Este es el primer informe PISA de la generación que llega al instituto con los bolsillos llenos de inteligencia artificial. ¿Nos estamos quedando atrás con la tecnología? Es una pregunta inquietante cuando las máquinas se vuelven, digamos, más inteligentes y se debate si ya ha llegado el día en que una inteligencia artificial general (IAG) supere las capacidades humanas. Así lo resume Ignacio Zafra en EL PAÍS: «Los autores del informe PISA consideran que el declive educativo no es coyuntural, sino que tiene causas profundas, entre ellas la generalización de los dispositivos digitales, la menor curiosidad y disposición al esfuerzo que muestran los adolescentes —lo que afecta a su forma de aprender— y la pérdida de hábitos de lectura, que hace que tengan cada vez más problemas para comprender lo que leen, especialmente cuando se enfrentan a textos largos». No solo los adolescentes que viven pegados a las pantallas de forma desenfrenada; lo han aprendido de sus padres. La atención de todos, jóvenes y adultos, está secuestrada por las aplicaciones de las grandes tecnologías. Los dispositivos nos bombardean con alertas que no son urgentes, con notificaciones para que nos guste esto o aquello, con la tentación de sumergirnos en el desplazamiento infinito o en juegos adictivos. Estrategias que nos hacen segregar dopamina, cortisol o adrenalina, lo que se considera una droga sin sustancia. El informe PISA también señala que los padres «desempeñan un papel importante en la formación de las actitudes de los niños hacia la lectura desde los primeros años», y la lectura ya no es el «pasatiempo favorito» que solía ser. En detrimento del móvil que nos acompaña hasta el baño. . ¿Vemos la dificultad de concentración solo en los jóvenes? No. En las reuniones profesionales, muchos están más absortos en sus dispositivos que en la conversación. Esto no significa que estén eludiendo sus obligaciones, sino más bien al contrario: se dedican a otras tareas o conversaciones relacionadas con su propio trabajo. Se da por sentado que cualquier mensaje debe responderse en el acto: la vida laboral ha incorporado la interrupción permanente como un supuesto elemento de productividad. Aún no nos hemos tomado en serio la necesidad de plantearnos qué personas tenían que estar en copia de ese correo electrónico. Hoy en día trabajamos muchas horas en España, y eso nos lleva a ocuparnos de asuntos laborales fuera del horario laboral, pero nuestra atención está mucho más dispersa. . Dicho todo esto, conviene restarle algo de dramatismo. Al contrario de lo que describe PISA y de lo que nos hacemos creer, la lectura en España está creciendo de forma constante desde la pandemia de 2020. El porcentaje de la población que lee libros en su tiempo libre supera el 66 % de la población; según el barómetro del Ministerio de Cultura, son 6, 5 puntos más que en 2019. El porcentaje más alto se da en el grupo de edad de 14 a 24 años: un 77 %. Se podría pensar que la gente no es muy sincera en este tipo de encuestas, que muchos dicen que leen cuando en realidad lo hacen muy de vez en cuando. Pero hay más datos: la venta de libros en España registró un aumento del 3, 9 % en los primeros seis meses de 2026, según la consultora GFK. Y sorprende la resistencia del libro impreso, el papel de toda la vida, que sigue dominando frente al formato electrónico. Por supuesto, no todos los libros comprados (o regalados) se leen. Es muy habitual tener más libros de los que da tiempo a leer, aunque eso al menos demuestra interés por ellos. Y estas cifras no miden la calidad literaria ni el valor instructivo de esas lecturas. El debate ha dado lugar a interesantes artículos de opinión. Manuel Jabois escribe: «Nunca hemos leído tantas palabras y, al mismo tiempo, hemos leído tan poco: WhatsApp, TikTok, Google, titulares, subtítulos, chats, tuits, pies de foto de Instagram… Podemos pasar medio día leyendo sin levantar ni un solo cimiento de arquitectura mental». Otro problema que se ha señalado es la deslegitimación del esfuerzo: que los jóvenes están acostumbrados a la satisfacción inmediata. Eso se lo habrá inculcado la era digital, pero también, o sobre todo, unos padres demasiado sobreprotectores. Este artículo de Jorge Morla señala a otro enemigo de la cultura del esfuerzo: la mentira que muchos influencers venden a los jóvenes de que pueden vivir sin trabajar, dedicándose al trading o a las criptomonedas. «Ya sabes, ir al colegio es una pérdida de tiempo. La universidad es para los pringaos. Puedes hacerte rico antes de los 18 si sabes cómo». La investigadora Laia Lluch advierte: «El aprendizaje profundo requiere esfuerzo, y ese esfuerzo no es un obstáculo: es la condición misma del aprendizaje». El debate no se limita al rendimiento escolar, ya que afecta a la salud mental desde la infancia. Un estudio publicado el año pasado por la Asociación Americana de Psicología señalaba un peligroso círculo vicioso: «Los niños con problemas tendrían más probabilidades de utilizar pantallas (para satisfacer necesidades emocionales insatisfechas). Y los niños que hacen un uso excesivo de las pantallas tendrían más probabilidades de tener esas necesidades insatisfechas (por ejemplo, porque están menos involucrados en el colegio, en la familia o con sus amigos)». Uno de los pensadores que más ha analizado este fenómeno es el psicólogo social Jonathan Haidt, autor del libro «La generación de la ansiedad». (Deusto). En una entrevista con Sergio C. Fanjul, el experto explica: «La infancia se ha reprogramado. Los seres humanos evolucionaron para vivir en la sabana y en el bosque, trepando a los árboles, en un mundo natural. No es bueno que los niños crezcan pegados a una pantalla; tienen que explorar, tocar, correr, mirar a la gente a los ojos». Y advierte: «Si los adultos deciden apostar o drogarse, es su elección. Les dejamos tomar malas decisiones. Pero no debemos permitir que las empresas capten a los niños». La tesis de Haidt es controvertida. Algunos atribuyen sus posturas al «pánico moral», la reacción temerosa de la gente ante un fenómeno nuevo. Hace medio siglo se temía el efecto de la televisión en los más pequeños; después, se temía a los videojuegos; y hoy debatimos si los niños deberían tener un móvil o acceso a las redes sociales antes de los 16 años. El informe de la Asociación Americana de Psicología, por cierto, concluyó que los padres deberían preocuparse más por los videojuegos que por las redes sociales. Quienes se resisten a vincular el uso excesivo de las pantallas con el rendimiento académico citan, en gran medida, un metaanálisis publicado en la revista Journal of the American Medical Association (JAMA) en 2019, que no observó una correlación clara entre el uso de Internet o del móvil y las notas (y que sí reconoció un mayor impacto en el caso de los videojuegos). Pero desde entonces no han dejado de aparecer estudios al respecto. Un estudio más reciente, publicado este año en la misma revista médica, sí encuentra una relación entre las horas que un alumno dedica a los medios digitales (o a la televisión) y sus resultados en comprensión lectora y matemáticas, tras analizar los casos de más de 5 000 alumnos de primaria en Ontario (Canadá). Sin duda, los problemas de la educación son muchos y muy complejos: resulta simplista atribuir todo el deterioro del sistema al consumo compulsivo de medios digitales. En el caso español, la necesidad de integrar en pocos años a un gran número de alumnos inmigrantes, que en su mayoría no dominan el idioma, ha reducido el nivel general. PISA ofrece datos al respecto: los niños de origen extranjero van dos cursos por detrás de los autóctonos. Y los docentes se ven afectados por la falta de recursos en las aulas: hay huelgas o conflictos en al menos nueve comunidades. Debemos empezar por poner más recursos a disposición de los docentes. Y se necesitará más tiempo para analizar el impacto de la inteligencia artificial en el éxito académico, ya que hace solo unos años que se introdujo entre nosotros. Ya les comenté en un boletín anterior que los jóvenes son más conscientes de los riesgos de la IA que los adultos: temen el aislamiento social, el impacto en la salud mental, el medio ambiente y el futuro del empleo. Existe incluso el temor a que se pierda la capacidad de escribir, lo que distingue a los seres humanos de todas las demás especies, pero que ahora se delega a las máquinas. Esto repercutirá en las capacidades de la población y, atención, también en el nivel lingüístico del español. Me quedo con esta reflexión de Javier Sampedro: «Quienes se ganan la vida reuniendo letras pueden utilizar los modelos de lenguaje grande (LLM) para documentarnos, pero huimos como de la peste de utilizarlos para escribir. Entendemos que ese es nuestro trabajo y que lo perderemos al mismo tiempo que se lo delegamos a ChatGPT». El reto es pensar muy bien, y sin demora, cómo reforzamos la educación para que la tecnología no nos engañe mientras es ella la que se vuelve inteligente. Tendrán que cambiar muchas cosas, y eso no pasa necesariamente por llenar las aulas de pantallas. Lo que no va a pasar es que volvamos a un mundo sin IA. Podremos hacerlo si las inteligencias de carne y hueso de este mundo que ha sido radicalmente transformado por la IA siguen guiando nuestro destino. Este texto forma parte del boletín semanal «La selección del director de Cinco Días», con el análisis de Ricardo de Querol y enlaces a las mejores noticias económicas. Todos los viernes en tu buzón de correo. Puedes suscribirte aquí.

 

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