En sentido estricto, sin previsiones de ningún tipo ni cábalas misméricas, las opciones del cine español para hacerse con la deseada Palma de Oro, el premio más importante (sí, el más importante) del cine mundial, son exactamente 13. 63%. Nunca estuvieron mejor. No es una cifra muy alta si se mira en frío (las ventas de Uniqlo son mejores), pero es superior a la de cualquier país del mundo por encima del poderoso Estados Unidos y sólo por debajo de la muy chovinista Francia (es el 45% de ella, atendiendo a las producciones de las Galas independientemente de la nacionalidad del director). Pero, como el arte no es en absoluto (algo hay, o sea, es) cosa ni de números ni de votos populares que Israel pueda igualar, lo cierto es que nunca antes el cine español había gozado del nivel de atención, aplausos, críticas encendidas a favor (y también en contra) y, lo más importante, posibilidades reales de hacerse con el único galardón que se le resiste desde 1961, cuando se hizo con la Palma Luis Buñuel gracias a la película prohibida en España Viridiana. Es decir, incluso cuando hemos salido (en plural-espárrago mayúsculo), a los ganadores no se les ha negado el placer de luchar. Es curioso que gran parte de los peores comentarios contra una en concreto de las películas españolas a concurso en Cannes provengan del aberzalismo-hetero-cinefilo español y muy español. Somos ricos hasta para ser exquisitos. Pero eso ya es otro tema.
La presencia de Almodóvar, Sorogoyen y Los Javis entre los 22 candidatos a la Palma de Oro sitúa al cine español al borde de todos sus abismos y esperanzas
En sentido estricto, sin previsiones de ningún tipo ni cábalas misméricas, las opciones del cine español para hacerse con la deseada Palma de Oro, el premio más importante (sí, el más importante) del cine mundial, son exactamente 13. 63%. Nunca estuvieron mejor. No es una cifra muy alta si se mira en frío (las ventas de Uniqlo son mejores), pero es superior a la de cualquier país del mundo por encima del poderoso Estados Unidos y sólo por debajo de la muy chovinista Francia (es el 45% de ella, atendiendo a las producciones de las Galas independientemente de la nacionalidad del director). Pero, como el arte no es en absoluto (algo hay, o sea, es) cosa ni de números ni de votos populares que Israel pueda igualar, lo cierto es que nunca antes el cine español había gozado del nivel de atención, aplausos, críticas encendidas a favor (y también en contra) y, lo más importante, posibilidades reales de hacerse con el único galardón que se le resiste desde 1961, cuando se hizo con la Palma Luis Buñuel gracias a la película prohibida en España Viridiana. Es decir, incluso cuando hemos salido (en plural-espárrago mayúsculo), a los ganadores no se les ha negado el placer de luchar. Es curioso que gran parte de los peores comentarios contra una en concreto de las películas españolas a concurso en Cannes provengan del aberzalismo-hetero-cinefilo español y muy español. Somos ricos hasta para ser exquisitos. Pero eso ya es otro tema. . Así las cosas, a nadie se le escapa de Javier Bardem es de los mejores situados para conseguir el que sería su segundo premio en la Croisette tras el conseguido por Biutiful, de Alejandro González-Iñárritu, 2010. De lograrlo se uniría al grupo formado por Dean Stockwell, Jack Lemmon y Marcello Mastroianni. Solo ellos poseen la pareja cannois. Su trabajo en El ser querido, de Rodrigo Sorogoyen, resulta irrefutable en su energía, expresividad y exhibición. Todo lo premiable. Pero cuidado que en frente, y probablemente las razones contrarias (contención, rigor y silencio), se encuentra el héroe local Swann Arlaud, que sencillamente enamora (y duele que lo haga) en la encarnación de un colaboracionista nazi algo repugnante en Notre Salut, de Emmanuel Marre. Los malvados, y los dos lo son con matices, siempre son muy fotogénicos.. Javier Bardem en la presentación de El ser querido.THIBAUD MORITZAFP. Hasta hace unos días, se especulaba con una Palma de Oro honorífica (ya pasó en una edición anterior con los hermanos Dardenne) para Pedro Almodóvar. Hay motivos. Primero, es el único nombre de los clásicos del cine contemporáneo en la competición. Segundo, su película Amarga Navidad le describe y le desnuda hasta los mismos huesos como cineasta, como creador, como Almodóvar. Tercero, pese a que suyos son ya los premios a la dirección (Todo sobre mi madre) y el guion (Volver), él es la única figura del grupo selecto de los grandes autores vivos que no tiene la Palma. Y la Palma, recuérdese, no es tanto un premio que se da un día de mayo, es un premio que se da todos los días hasta el final de los tiempos desde un día cualquiera de un año cualquiera de mayo. Se da una vez y para siempre. Por todo ello, podría ser también que Palma de Oro, sin apellidos, fuera para él.. Y luego está el asunto La bola negra, de los muy irreverentes, muy amados y muy despreciados (también, puesto que somos así de inmaculados y tuiteros) Javier Ambrossi y Javier Calvo. Si la Palma fuera un premio de popularidad y a las menciones en las conversaciones de bar, sería ya suyo. De hecho, haya o no Palma, La bola negra es ya la película del festival. Y lo que queda. Estará en los Oscar con toda seguridad. Pero no es un premio que se dé por estas razones. En verdad, nadie sabe por qué y qué es lo que se decide a la hora de que un jurado se ponga de acuerdo. Hay múltiples teorias: a) Si el presidente es de cariz autoritario, gana el que él diga, que se lo digan si no a Cronenberg, b) si en cambio es más bien tolerante y pactista, es muy posible que la ganadora sea la tercera opción, también conocida por la del consenso. Bille August debe mucho al buen talante de los jurados que le premiaron dos veces, y c) si el presidente es Wong Kar-wai, puede pasar de todo. Como en su cine. Es así de aleatorio.. Almodóvar en la presentación de Amarga Navidad.John LocherAP Photo/John Locher. ¿Y quiénes son los favoritos este año? Descontada La bola negra y sin una producción claramente por encima de todas las demás y sin un director con trayectoria que se haya presentado a esta edición con su mejor película y sin un ninvel comparable al de años de más gloria, la lista se alarga. Cada una de las posibles cuenta con sus razones. Minotaur, de Andrey Zvyagintsev, es, además de soberbia, la película oportuna políticamente por el retrato que le hace a la sociedad del señor Putin. Fatherland, de Pawel Pawlikowski, destaca en su sobriedad fuera de modas y normas, pero, admitámoslo, no es mejor que Cold War, su película anterior que obedece al mismo libro de estilo de posguerra en blanco y negro. Soudain, de Ryûsuke Hamaguchi, es extraordinaria en su concepción a contracorriente, pero no es Drive my car.Notre Salut, de Emmanuel Marre, es la conciencia herida de Francia y, no se olvide, Cannes es Francia. Ésta si podría ser imbatible. Y luego está la conflictiva Fjord, de Cristian Mungiu, que tiene en precisamente su incomodidad su mejor baza para unos tiempos como éstos incómodos. Se podría añadir Paper Tiger, de James Gray, pero esta película ya vive sola sin necesidad de que nadie la descubra. Y así.. ¿Qué pasará esta noche? Nuestra apuesta: La bola negra. ¿Quién se resiste al placer cruel de ver sangrar a algunos cuando aparezcan en la misma frase Luis Buñuel y Los Javis? Supurarán conciencias y seremos felices.
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