España acumula unas tres décadas sin haber logrado equiparar su nivel de productividad por hora al de las economías más avanzadas de la Unión Europea. Así lo señalaron los expertos que se reunieron este miércoles en las Jornadas sobre Cuestiones Estructurales de la Economía Española, organizadas conjuntamente por el Consejo General de Economistas de España (CGE) y la Fundación para los Estudios de Economía Aplicada (Fedea). A pesar de las elevadas tasas de crecimiento del producto interior bruto (PIB) en los años posteriores a la pandemia, el proceso de convergencia estructural en materia de eficiencia y valor añadido se ha mantenido en un estado de parálisis técnica desde mediados de la década de 1990. Seguir leyendo
La brecha con Alemania, Austria o Bélgica se ha mantenido desde 1990 debido al pequeño tamaño de las empresas, el peso de los sectores de bajo valor añadido y la debilidad de la inversión
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España lleva acumulando unas tres décadas sin lograr que su nivel de productividad por hora alcance el de las economías más avanzadas de la Unión Europea. Así lo han destacado los expertos reunidos este miércoles en las Jornadas sobre Cuestiones Estructurales de la Economía Española, organizadas conjuntamente por el Consejo General de Economistas de España (CGE) y la Fundación para los Estudios de Economía Aplicada (Fedea). A pesar de las elevadas tasas de crecimiento del producto interior bruto (PIB) en los años posteriores a la pandemia, el proceso de convergencia estructural en materia de eficiencia y valor añadido se ha mantenido en un estado de parálisis técnica desde mediados de la década de los noventa. Los datos de Rafael Doménech, responsable de Análisis Económico de BBVA Research, ilustran claramente la magnitud de esta brecha persistente. Tomando como referencia base 100 a la economía estadounidense en términos de productividad por hora trabajada, España se sitúa actualmente en torno al 75 %, frente a una media del 97 % que alcanza el bloque de las siete economías europeas más avanzadas, formado por Austria, Bélgica, Dinamarca, Alemania, Finlandia, los Países Bajos y Suecia. Esta diferencia de más de 20 puntos porcentuales no solo se ha reducido desde 1990, sino que además muestra signos de disminución. A este respecto, Doménech ha insistido en que «España ha avanzado en su convergencia con Europa hasta mediados de la década de los noventa, pero su posición relativa se ha estancado posteriormente. Tras una mejora parcial entre 2013 y 2019, el acercamiento se detuvo de nuevo tras la pandemia». Entre las causas de este frenazo se encuentra la grave atomización de las empresas. Los analistas insisten en que las medianas y grandes empresas compiten en igualdad de condiciones y tienen unos niveles de rendimiento casi idénticos a los de sus homólogas del norte. Sin embargo, esto no ocurre con las más pequeñas. Las estimaciones de los economistas indican que hasta tres cuartas partes de la brecha de productividad que separa a España de Alemania se explica exclusivamente por el efecto de composición vinculado al tamaño de las empresas. Y la estructura del mercado laboral refleja claramente este desequilibrio: en el caso español, solo el 35 % de los ocupados trabaja en empresas de más de 50 empleados, un porcentaje que se duplica hasta el 66 % en el caso alemán. Para superar este obstáculo, es necesario aumentar el tamaño de las empresas. Sin embargo, este salto requiere eliminar las barreras normativas que desincentivan el crecimiento de las pymes. En este sentido, los economistas han advertido durante la presentación que es necesario que el Gobierno reduzca los trámites burocráticos y «facilite una asignación eficiente de los factores productivos». Una distribución desfavorable de las horas de trabajo entre los distintos sectores de la economía contribuye a este problema. Antonio García Rebollar, técnico comercial y exasesor comercial en Singapur, ha insistido en que, en el caso español, el 30, 6 % de las horas efectivas se concentran en el comercio, el transporte y la hostelería, sectores caracterizados por un valor añadido medio de tan solo 24, 30 euros por hora. Por el contrario, la industria manufacturera ha mostrado un rendimiento sobresaliente, con aumentos anuales de productividad del 2, 2 % entre 2000 y 2024, pero solo representa el 12, 4 % de las horas trabajadas. A este respecto, el economista ha señalado que «la brecha de productividad de España no se explica principalmente por la ineficiencia de las empresas, sino por la composición de su tejido productivo. El empleo está demasiado concentrado en empresas pequeñas y desconectadas de los mercados internacionales». Un tercer problema es la falta de inversión, tanto en las empresas como por parte del Estado. Mientras que en las últimas dos décadas las empresas europeas y estadounidenses han aumentado su gasto en renovación de maquinaria, ordenadores y tecnología por trabajador en más de un 50 %, esta inversión productiva en España solo ha crecido un 15 %. El sector público tampoco ha compensado esta diferencia: España destina el 2, 9 % de su PIB a inversión pública, casi un punto por debajo del 3, 8 % de la media comunitaria. Un claro cambio de prioridades en las cuentas del Gobierno es la causa de este abandono. Entre 2007 y 2025, el gasto per cápita en pensiones se ha incrementado en más del 170 % y el gasto público corriente ha aumentado un 145 %. En la práctica, esto significa que el Estado ha destinado recursos presupuestarios a prestaciones sociales, dejando de lado las infraestructuras y la tecnología que el país necesita para competir con sus vecinos europeos.
