Hace apenas dos o tres años, la inteligencia artificial aún parecía una conversación de laboratorio, una promesa futurista más cercana a Hollywood que a la economía real. Hoy, sin embargo, se ha convertido en el gran motor de la nueva revolución tecnológica y financiera. Las grandes tecnológicas compiten por construir gigantescos centros de datos, entre récords de valoración bursátil. La productividad potencial del AI se presenta como la mayor esperanza para las economías envejecidas y endeudadas. Todo esto ocurre incluso en medio de tensiones geopolíticas globales, guerras comerciales y conflictos como el de Irán, con un claro impacto en la energía que utilizan intensivamente en la AI, que apenas han conseguido alterar el entusiasmo inversor en torno a esta tecnología. Seguir leyendo
La inteligencia artificial amenaza con romper la ‘escalera profesional’ de muchas ocupaciones cualificadas
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Hace apenas dos o tres años, la inteligencia artificial aún parecía una conversación de laboratorio, una promesa futurista más cercana a Hollywood que a la economía real. Hoy, sin embargo, se ha convertido en el gran motor de la nueva revolución tecnológica y financiera. Las tecnologías innovadoras compiten por construir enormes centros de datos basados en registros de valoración de acciones. La productividad potencial de la AI se presenta como la gran esperanza para unas economías envejecidas y endeudadas. Todo ello incluso en medio de tensiones geopolíticas globales, guerras comerciales y conflictos como el de Irán, con un claro impacto en la energía que utilizan intensivamente en la AI, que apenas han conseguido alterar el entusiasmo inversor en torno a esta tecnología. La velocidad del cambio es sencillamente extraordinaria. Según un informe del AI Economy Institute de Microsoft, con datos del segundo semestre de 2025, una de cada seis personas en el mundo ya utiliza herramientas de inteligencia artificial generativa. Emiratos Árabes Unidos o Singapur superan el 60% de adopción, mientras gobiernos y empresas aceleran sus inversiones para no quedarse atrás. Las posibilidades son inmensas y van en aumento. La AI puede democratizar el acceso al conocimiento, reducir los costes sanitarios, impulsar la eficiencia empresarial y liberar tiempo para actividades creativas y de mayor valor añadido. En teoría, estamos ante una tecnología capaz de elevar la productividad global como pocas innovaciones anteriores. Sin embargo, precisamente cuando el entusiasmo parece alcanzar cotas históricas, empieza a surgir algo inesperado, una creciente sensación de malestar social. La reciente Encíclica Magnify Humans del Papa León XIV alerta acertadamente de los grandes riesgos en los que incurre la sociedad con una IA descontrolada. Un síntoma llamativo está apareciendo en Estados Unidos, el país que lidera esta revolución tecnológica. En numerosos universitarios, la simple mención de la inteligencia artificial empieza a provocar pánico entre los estudiantes. Lo que hace unos años hubiera parecido impensable refleja un importante cambio psicológico. La generación que debería abrazar con mayor naturalidad cualquier innovación tecnológica empieza a mirar a la IA con ansiedad, recelo e incluso enfado. Un gran número de estudiantes estadounidenses protestan ya contra los acuerdos entre universidades y empresas de inteligencia artificial, organizan marchas contra la IA y crean clubes lúdicos, similares a los del siglo XIX que luchaban contra la maquinaria textil. La cuestión es inevitable. ¿Por qué los jóvenes, tradicionalmente más receptivos a la tecnología, reaccionan así? Probablemente porque son los primeros en percibir que esta revolución puede afectar directamente a sus oportunidades de empleo y a su entrada en el mercado laboral. La cuestión ya no se limita a la mente. Hay estimaciones de que el empleo entre los trabajadores jóvenes en ocupaciones especialmente expuestas a la IA cayó un 13% en solo tres años. En este contexto se da uno de los problemas más importantes, como es la posible ruptura de la escalera profesional. Durante décadas, muchas profesiones cualificadas funcionaron a través del aprendizaje progresivo. Los jóvenes empezaban a realizar tareas rutinarias y repetitivas antes de asumir mayores responsabilidades. Son precisamente estas tareas básicas las que ahora realiza la AI con enorme eficacia. Si se elimina gran parte del trabajo junior, ¿cómo se formarán los profesionales senior del futuro? El problema no es sólo destruir empleo, sino alterar el propio mecanismo de acumulación de experiencia sobre el que se han construido muchas profesiones modernas. Hay que reconocer que aún no existe un consenso definitivo sobre el impacto real de la EI en el mercado laboral. Las investigaciones actuales siguen siendo preliminares y las grandes revoluciones tecnológicas tardan años en reflejarse plenamente en los datos económicos. Muchos creen que incluso los jóvenes acabarán adaptándose mejor que nadie a esta tecnología y que surgirán nuevas ocupaciones difíciles aún de imaginar. En cualquier caso, aunque parte del miedo sea exagerado, la ansiedad social ya es real. Y eso también tiene consecuencias económicas. La inteligencia artificial no solo plantea un reto tecnológico, sino también un enorme desafío político, fiscal y social. Si una parte relevante del empleo de entrada desaparece o se precariza, el impacto en las cuentas públicas puede ser considerable. Menos cotizaciones sociales, menos recaudación de impuestos y mayores tensiones sobre unos sistemas de bienestar ya de por sí presionados por el envejecimiento de la población. Además, la preocupación por el EI parece inscribirse en un deterioro más amplio del optimismo colectivo, especialmente entre los jóvenes europeos. El último Informe sobre la Felicidad en el Mundo, patrocinado por Naciones Unidas, advierte de una caída significativa del bienestar juvenil en Estados Unidos, Canadá y otros países anglosajones. Es como si faltara mucho optimismo. Probablemente, la AI no sea la única causa de ese malestar. Las redes sociales, la polarización política, la mala vivienda o la incertidumbre económica también pesan. La AI se está convirtiendo en la representación más reconocible de la sensación de control de una generación sobre el futuro. Durante demasiado tiempo, el debate sobre la AI se ha centrado exclusivamente en sus capacidades técnicas o en sus valoraciones sobre el reparto de acciones. Se ha hablado mucho menos de cómo distribuir sus beneficios y gestionar sus costes sociales. La AI puede convertirse en la mayor revolución productiva del siglo XXI, pero no será sostenible si amplios sectores de la población perciben el progreso en su contra. La gran cuestión no es, en absoluto, si la AI debe desarrollarse. Eso no está en debate. La verdadera cuestión es si se puede construir una inteligencia artificial compatible con el empleo, la cohesión intergeneracional, la estabilidad social y la sostenibilidad fiscal. Santiago Carbó Valverde es profesor de Economía en la Universidad de Cunef.
