Era, efectivamente, optometrista, pero se propuso liderar la salvación de la humanidad por su cuenta y también allí donde no existía. En la década de 1960, el médico estadounidense Robert K. Graham (1906-1997) inventó una variedad de gafas irrompibles. Este hallazgo le reportó una fortuna de millones y, una vez que dispuso de los medios necesarios para no tener que someterse a ningún criterio más que al de su sueño, se lanzó sin reservas, impulsado por las ideas del genetista Hermann Joseph Muller, un científico sensato (lo era). Bautizó el proyecto del que era padre, mecenas y dudoso redentor con un nombre sospechoso: «Depósito para la Opción Germ». Para entenderlo, utiliza un banco de semen. Pero con el propósito anómalo de fomentar la producción de genios que pudieran ser tan geniales como sus padres. Algo que evoca los siniestros principios de la eugenesia.
Cuando estaba hecho de oro, utilizó esperma del Premio Nobel para explorar un nuevo mundo. De los Premios de la Ciencia, por supuesto.
Era, efectivamente, optometrista, pero se propuso liderar la salvación de la humanidad por su cuenta y también allí donde no existía. En la década de 1960, el médico estadounidense Robert K. Graham (1906-1997) inventó una variedad de gafas irrompibles. Este hallazgo le reportó una fortuna de millones y, una vez que dispuso de los medios necesarios para no tener que someterse a ningún criterio más que al de su sueño, se lanzó sin reservas, impulsado por las ideas del genetista Hermann Joseph Muller, un científico sensato (lo era). Bautizó el proyecto del que era padre, mecenas y dudoso redentor con un nombre sospechoso: «Depósito para la Opción Germ». Para entenderlo, utiliza un banco de semen. Pero con el propósito anómalo de fomentar la producción de genios que pudieran ser tan geniales como sus padres. Algo que evoca los siniestros principios de la eugenesia. En un rancho formidable en la zona de Escondido, cerca de San Diego (EEUU), encargó construir un búnker subterráneo a la manera de los laboratorios más punteros y comenzó a solicitar espermatozoides a un grupo social muy concreto: los Premios Nobel vinculados a la ciencia. Quería a los mejores, a los más talentudos, a los sabios acreditados. Nada de pingajos intelectuales, escritores, poetas, dramaturgos, seres flojos y descompensados, como todo el mundo sabe.Los distinguidos con la medalla de la Paz le parecían también unos chirivías. Graham sólo aceptaba a físicos, químicos y algunos destacados economistas. Necesitaba sus eyaculaciones para depositar los esparmatozoides en óvulos dorados de los que extraer una raza humana superior. El impetuoso Graham empezó a escribir a todos dios de la nómina de los premios y de la vasta escudería convenció de golpe a tres, entre ellos a William Shockley, físico e inventor del transistor, un prenda cargado de racismo y propenso a creer en las bondades eugenésicas. El proyecto le cayó fenomenal y al búnker del rancho fue a dejar su muestra convencido de que podrían engendrar seres llenos de inteligencia, fuerza o belleza capaces de dominar la Tierra.El deseo de Graham de confeccionar un mundo hecho para ser dirigido por una camada de humanos superiores empezó a espantar y a encantar a partes iguales, depende de a quién se lo contase. Los primeros suspicaces fueron los primeros asustados, los premios Nobel de ciencia. Éstos infartaban cada vez que en sus despachos sonaba el teléfono: se esperaban lo peor. Pero fue el periodista de LA Times Edwin Chen el que echó a correr la liebre. Llamó al millonario, pidió audiencia para entender de qué iba su tinglado y éste le concedió una entrevista.Le pareció un fanfarrón irremediable y cuando le sugirió que su propósito no se difrenciaba del proyecto nazi de generar una raza aria, Graham se defendió argumentando que si bien el proyecto no era muy popular sí resultaba «absolutamente sensato», pues el mundo se estaba llenando de taimados
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