Ser un superhéroe con superpoderes, supergracia y superchistes no te libra del supersufrimiento. Están ahí dándolo todo para defender el universo, pero tienen sus traumas, sus neurosis y sus hipotecas a tipo variable. Gran error. De hecho, y como metáfora de la arrogancia paternalista, el enfoque es brillante. Es un poco la misma actitud del matón que empieza con un «cuanto más me duela» en medio de un ataque de ira. O la de la potencia colonizadora que achaca el precio de los aranceles a la brutalidad de sus modos de explotación. No los comprendemos, están ahí para ganar dinero y nos enfadamos. Supergirl, por ejemplo, está ahí. La mujer recupera para el género, si es que alguna vez deja de serlo, el argumento de lo doloroso (sin tener en cuenta la carga de la responsabilidad) que puede traducirse en todos los privilegios imaginables, consciente como está de que solo con los indefensos o los frágiles se hacen amigos. Pero lo más probable es que lo único que tengas que ofrecer sea la misma ensalada de fans (con perdón) todos los días a la hora de comer.
El carisma y la gracia de Milly Alcock no pueden contrarrestar una película fea, oscura, agobiante y, al mismo tiempo, tan enérgicamente amistosa y que te hace sudar.
Ser un superhéroe con superpoderes, supergracia y superchistes no te libra del supersufrimiento. Están ahí dándolo todo para defender el universo, pero tienen sus traumas, sus neurosis y sus hipotecas a tipo variable. Gran error. De hecho, y como metáfora de la arrogancia paternalista, el enfoque es brillante. Es un poco la misma actitud del matón que empieza con un «cuanto más me duela» en medio de un ataque de ira. O la de la potencia colonizadora que achaca el precio de los aranceles a la brutalidad de sus modos de explotación. No los comprendemos, están ahí para ganar dinero y nos enfadamos. Supergirl, por ejemplo, está ahí. La mujer recupera para el género, si es que alguna vez deja de serlo, el argumento de lo doloroso (sin tener en cuenta la carga de la responsabilidad) que puede traducirse en todos los privilegios imaginables, consciente como está de que solo con los indefensos o los frágiles se hacen amigos. Pero lo más probable es que lo único que tengas que ofrecer sea la misma ensalada de fans (con perdón) todos los días a la hora de comer. . Craig Gillespie, en verdad, cumple con su cometido. La idea de la película no es otra que insistir en los modos alegremente gamberros y desprejuiciadamente tontorrones que trajera a la marca James Gunn en su particular revisión del mito el año pasado. La mujer de acero, que ya hiciera su aparición en la película de su primo, vive en una galaxia demasiado lejana incapaz de digerir el trauma (siempre hay uno) de ver cómo su planeta saltaba por los aires con sus padres dentro. Téngase en cuenta que, si su familiar fue criado en Kansas por unos padres adorables y muy americanos, ella ha crecido sola entre todo tipo de criaturas raras extraterrestres y, lo peor, no-americanas. Ahí hay otra metáfora. De borrachera en borrachera y acompañada de su perro, ella vive libre pero encadenada a sus pesares y siempre a la espera de un motivo que dé sentido a su vida, a su legado, a su condición de, en efecto, Supergirl. Tranquilos, no tardará en aparecer un villano cruel y exageradamente machista (eso es así) dispuesto a devolver las cosas a su sitio y putodefender la franquicia, que es de lo que se trata.. La estrategia de Gillespie consiste básicamente en ofrecer lo contrario. Toda la luminosidad ingenua del personaje ortodoxo es transformada en simple, llana y exagerada oscuridad. La ironía ahora es cinismo y los zumos de fresa, vodka sin mezclar. La idea es jugar a los contrastes acercando a la protagonista a un Mad Max de palo poblado de criaturas retorcidas, aviesas y babeantes compradas en los saldos de Star Wars y Warcraft. Eso sí, sin perder el sentido del humor. El problema es que la intención es tan evidente que, cumplida la protocolaria presentación, la película apenas ofrece nada más que la ritual transformación del personaje de la mano de una sucesión casi interminable de escenas de acción tan poco sorprendentes como chuscas. Y todo ello salpimentado con flashbacks de una gravedad impostada esencialmente triste. Sobre la lectura feminista, que se aplaude, solo decir que se encuentra tan subrayada que acaba por resultar, como poco, sospechosa. Eso o tan falsa como el lamento del explotador del principio. Nos pongamos como nos pongamos, Supergirl es una película fea y es una película cargante. Pero no todo es naufragio. La protagonista, Milly Alcock, demuestra en todo momento estar muy por encima de su mucho furor autodestructivo y el perro desastre sigue siendo muy simpático en cada uno de sus desastres. ¿Alguien puede parar ya esto?. —. Dirección: Craig Gillespie. Intérpretes: Milly Alcock, Matthias Schoenaerts, Eve Ridley, Jason Momoa. Duración: 110 minutos. Nacionalidad: Estados Unidos.
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