No me consideraría un experto en fotografía, pintura ni actividades artísticas. «Actualmente me dedico a una actividad que me divierte». El ganador del Premio Nacional de Fotografía 2026 es el gallego Vari Caramés, nacido en Ferrol en 1953. Su trayectoria se caracteriza por su capacidad para fusionar elementos de la fotografía y la pintura, creando así una poesía visual única y un universo personal que el jurado considera inimitable.
El jurado reconoce los logros del artista de Ferrol, que ahora tiene 73 años, y admira su capacidad para convertir escenarios cotidianos en obras artísticas que evocan una sensación de abstracción visual.
«No me veo muy fotógrafo, muy pintor, muy artista, ni muy nada. Me encuentro en medio de algo que me entretiene».
Cuando el Ministerio de Cultura preparó el comunicado para anunciar su elección como ganador del Premio Nacional de Fotografía 2026, Vari Caramés (Ferrol, 1953) bromeó diciendo que podían ahorrarse sus datos de contacto, porque, al fin y al cabo, tampoco iban a llamar a nadie. Se equivocó.
Desde que se hizo pública la noticia este mediodía, el teléfono no ha dejado de sonar y el artista atiende a EL MUNDO desde su casa en La Coruña, algo precipitado por la «avalancha» de llamadas de periodistas que, contrariamente a lo que él había pronosticado, ahora disponen de unos minutos de su tiempo.
«No esperaba el premio, ya que nunca había tenido la intención de vivir de la fotografía. Pero supongo que lo inesperado siempre está presente y que, a estas alturas de la vida, uno debería estar acostumbrado a que le sorprendan», explica el artista, que este viernes cumplirá 73 años y que todavía saca la Voigtländer manual que su padre le regaló cuando era apenas un adolescente.
Lo inesperado es también el hilo conductor de su próximo libro, *Unexpected*, una recopilación de fotografías inéditas que se dispone a publicar entre noviembre y diciembre con el apoyo de la Fundación Marta Ortega Pérez (MOP), con sede en La Coruña. El premio, por su parte, ha llegado como una de esas imágenes que uno no esperaba encontrar. O, como prefiere decir el propio Caramés, como «un regalo de cumpleaños adelantado».
El jurado ha reconocido con 30 000 euros una trayectoria en la que Caramés ha ido construyendo un «universo reconocible» basado en manchas, reflejos y sus característicos desenfoques, con los que transforma escenas cotidianas en composiciones más cercanas a la pintura abstracta que a la fotografía convencional. Un reconocimiento que sitúa su nombre junto al de otros galardonados como Laia Abril, Cristóbal Hara, Pilar Aymerich o Carmela García, premiados en la edición anterior.
«Scorsese dijo que un artista es alguien capaz de hacer que sus obsesiones interesen a los demás, y yo siempre he creído mucho en eso. Por eso me he dejado llevar por mis propias referencias, por ese pequeño universo personal, sin preocuparme demasiado por lo comercial», explica Caramés, quien reconoce que se siente más cómodo en el terreno de la abstracción y encuentra gran parte de sus referencias fuera de la fotografía, especialmente en el cine.
«Me interesan mucho directores como David Lynch o Jim Jarmusch, y también Oliver Laxe, quien, además de gustarme como cineasta, es un gran amigo», confiesa.
Es precisamente por esta afinidad con el cine por lo que celebra que cada vez más creadores españoles se atrevan a escapar de las fórmulas tradicionales y a explorar otros lenguajes. Habla de una «nueva escuela» que considera especialmente prometedora, en la que también incluye a Javier Calvo y Javier Ambrossi, cuya última película, *The Black Ball*, califica de «exquisita».
Tras más de cuatro décadas dedicadas a la fotografía, Caramés sigue hablando de su profesión con el entusiasmo de quienes nunca han dejado de considerarla una vocación. «Somos muchos los que tenemos la suerte de dedicarnos a algo que nos apasiona, por lo que no lo vivimos como algo tan duro. Obviamente, hay muchas horas a nuestras espaldas, pero cuando algo te gusta tanto, no lo sientes como una esclavitud. Al contrario, lo das todo. Al final es como una droga, aunque una saludable», bromea.
Ni siquiera la revolución tecnológica ha conseguido alejarlo de la fotografía analógica. Aunque las cámaras digitales, los programas de edición y, más recientemente, la inteligencia artificial han transformado las posibilidades de la creación visual, él sigue fiel a los carretes con los que aprendió a mirar el mundo. En primer lugar, porque eran «lo único que había» cuando empezó y, después, porque nunca ha sentido la necesidad de sustituirlas.
«Confieso que no tengo ni una sola cámara digital», afirma. Y tampoco parece tener intención alguna de comprarse una. Mientras se sigan fabricando carretes, dice, seguirá utilizándolos.
A los jóvenes que se inician en la fotografía y se preguntan si podrán ganarse la vida con ella, Caramés suele transmitirles una pequeña receta que, según él, es prácticamente lo único que puede ofrecerles tras tantos años de experiencia.
La ha resumido en tres letras: IAT, que en su vocabulario particular significa «intención, atención y ternura». «La intención es fundamental para saber lo que quieres hacer y dar sentido a tu proyecto. Luego viene la atención, que consiste en dedicarle tiempo, cuidarlo, mimarlo y apasionarse por él. Y, por último, la ternura, que es aprender a querer lo que estás creando», explica.
Una fórmula que considera especialmente necesaria en una época en la que las imágenes se multiplican hasta resultar agotadoras. «Vivimos en un mundo demasiado sobreexplotado visualmente, sometido a tantos estímulos y a una sobreexposición de imágenes que, a veces, resulta difícil que una fotografía te emocione, te provoque o incluso te obsesione», reflexiona.
Por eso insiste en la importancia de detenerse, prestar atención y establecer una relación personal con lo que se pretende fotografiar. Sin embargo, no quiere vender su receta como una fórmula infalible. A las tres letras, advierte, aún hay que añadir otro ingrediente algo menos misterioso. «Y luego, trabajo, trabajo y trabajo.
Y ahora que el premio ha llegado sin buscarlo, tampoco parece dispuesto a cambiar demasiado tus planes». No creo que estas cosas lleguen porque las esperes. A veces es el azar, las circunstancias. . . No estoy seguro. Reconoce que hay muchos fotógrafos extraordinarios en España que también merecerían un reconocimiento, pero estoy contento, por supuesto, y pienso disfrutarlo, afirma.
Dice: «Si nunca me lo hubieran concedido, habría estado igual de feliz, porque ya tengo la recompensa de poder dedicarme a mi pasión por la fotografía». Una pasión que tiene una larga trayectoria en Galicia, en sus paisajes y en esa atmósfera a menudo brumosa que ha contribuido a moldear su forma de ver las cosas.
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