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  Economía  El poder adquisitivo kantiano y la síntesis: ¿somos los europeos más pobres que los estadounidenses?
Economía

El poder adquisitivo kantiano y la síntesis: ¿somos los europeos más pobres que los estadounidenses?

11 de junio de 2026
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No pude resistirme, así que finalmente tomé la decisión de unirme al debate que ha cautivado a los economistas durante las últimas semanas. Durante años, hemos oído que Europa se estaba estancando, que había perdido su capacidad de innovación tecnológica y que se estaba deslizando lentamente hacia la irrelevancia frente al éxito de Estados Unidos. Sin embargo, hace unas semanas, Paul Krugman descartó la idea de que Europa se esté convirtiendo en un «museo» de sus antiguas glorias, lo cual es, en gran medida, un espejismo. Ante esta postura, otros economistas de primer nivel, como Philippe Aghion, Antonin Bergeaud y Luis Garicano, la rebatieron, argumentando que el declive europeo es muy real y que las cifras de pérdida de productividad no mienten. Seguir leyendo

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El reto del Viejo Continente es recuperar el dinamismo industrial y tecnológico, pero sabiendo que su modelo aún no está roto, simplemente mide el éxito con una vara diferente

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No he podido resistirme y finalmente he decidido entrar en el debate que ha encandilado a los economistas estas últimas semanas. Durante años, hemos escuchado que Europa se estancaba, que perdió su capacidad de innovación tecnológica y que se encaminaba lentamente hacia la irrelevancia frente al éxito de los Estados Unidos. Sin embargo, hace pocas semanas, Paul Krugman dejaba caer que la idea de que Europa se está convirtiendo en un “museo” de sus antiguas glorias es, en gran medida, un espejismo. Ante este posicionamiento, otros economistas de primerísimo nivel como son Philippe Aghion, Antonin Bergeaud y Luis Garicano salieron a rebatirle, argumentando que el declive europeo es muy real y que las cifras de pérdida de productividad no mienten.. A primera vista, podría parecer un debate de expertos donde gráficos y cifras son usadas como armas. Sin embargo, lo curioso es que ambas partes tienen su cuota de razón. Así, los datos de productividad nos dicen que la economía estadounidense es, sin duda, mucho más dinámica. Pero, aunque pueda resultar paradójico, esto no significa que el ciudadano europeo se está empobreciendo a marchas forzadas. Para entender esta paradoja, primero debemos comprender cómo medimos la riqueza.. El origen de este desacuerdo está en las herramientas estadísticas que se eligen para comparar a los países. La primera es la Paridad de Poder Adquisitivo (PPA), que es en la que se basan los postulados de Krugman. Para entender qué mide la PPA usemos el famoso “Índice Big Mac”. Este famoso índice compara el precio de este producto en varios países y que, al ser similar y comparable en todos ellos, nos da la capacidad de compra de cada moneda. El PPA calculado por organismos internacionales lo que nos dice es que la brecha de bienestar entre un ciudadano de Francia o Alemania y uno de Estados Unidos apenas se ha ampliado desde el año 2000. Es decir, el dinero disponible por un alemán medio (euro “alemán”) puede comprar una cesta muy similar de bienes que un norteamericano medio (dólar).. Belén Trincado Aznar. La segunda herramienta es el uso de deflactores (o precios constantes), que es la que usan los críticos. Esta medida intenta aislar el efecto de la inflación para saber si realmente estamos fabricando más cosas o si simplemente todo es más caro. La idea es “congelar” los precios de los productos en un año concreto (por ejemplo, el año 2000) y contar solo cuántos bienes físicos se producen en cada país a lo largo del tiempo. Bajo esta regla, Estados Unidos arrasa, principalmente porque producen mucha tecnología (ordenadores, software, teléfonos), un sector donde el volumen de producción crece a un ritmo de vértigo.. Por lo tanto, ambas afirmaciones parecen ser ciertas salvo que el uso de sus indicadores no esté justificado para al menos una de las dos partes. Pero ¿y si aun así ambas partes lo estuvieran haciendo bien? ¿Cómo es posible encajar que EE UU tenga este impulso productivo tan diferenciador, pero en términos de compra los europeos mantengan un nivel de vida tan similar? La clave está en el comercio y los precios de los bienes no “transables”. Y que ambas partes responden a preguntas diferentes.. Al liderar la revolución digital, EE UU se queda con los beneficios empresariales y los sueldos millonarios en Silicon Valley. Pero Europa se aprovecha como consumidor gracias al comercio global. El aumento de la productividad norteamericana en bienes tecnológicos abarata los productos y el resto del mundo, entre ellos Europa aprovecha para mejorar el bienestar de sus consumidores.. Aun así, resulta difícil de creer que un país mejore tanto su productividad y eso no se traduzca en una superioridad que aumente el bienestar de forma diferencial. Aquí es donde entra un fenómeno económico fundamental, conocido como el efecto Balassa-Samuelson, que explica dónde “se diluye” gran parte de la fortaleza estadounidense.. La idea es más sencilla de lo que parece. La altísima productividad de las empresas tecnológicas en EE UU empuja los salarios de todo el país hacia arriba. Esto sucede porque hay trabajos que no pueden volverse “más productivos” por mucha tecnología que haya (un enfermero no puede atender a 50 pacientes a la vez, y un profesor no puede enseñar el doble de rápido). Para poder pagar a estos profesionales, sectores básicos como la sanidad, la educación o el cuidado infantil, donde el comercio internacional tiene poco que decir, tienen que subir sus precios muy por encima del de bienes que sí se comercializan. Cuanto mayor es el aumento de la productividad en estos sectores tan estratégicos mayor es el aumento del resto de los precios.. Así, mientras que la tecnología en EE UU es cada vez más barata, muchos de sus servicios son más caros que en Europa. Así, el estadounidense medio gana un sueldo mucho mayor en cifras absolutas, pero se ve obligado a gastar una mayor cantidad de esa ganancia en pagar un seguro médico o la universidad; servicios que, en Europa, son más baratos por ser más eficientes, accesibles o estar cubiertos por el Estado. Podríamos decir que la eficiencia y la provisión pública de servicios básicos no transables en Europa compensa su menor capacidad para elevar la productividad en sectores como el tecnológico.. A esto sumemos la ilusión óptica generada por diferentes criterios a la hora de hacer las cuentas. La contabilidad nacional de los Estados Unidos mide las mejoras tecnológicas de forma más “agresiva”. Si un ordenador de hoy es diez veces más potente que el de hace unos años, sus estadísticos lo contabilizan como si hubieran fabricado diez ordenadores físicos. Europa es mucho más conservadora haciendo estos cálculos. La transición del Reino Unido desde el método europeo al norteamericano hace unos años redujo la brecha en PIB per cápita con los EE UU, algo que demostraría este hecho.. Si queremos comparar bienestar, los análisis más precisos utilizan métricas “encadenadas” basadas en el PPA. Estas métricas no solo ajustan la inflación, sino que actualizan el coste de vida año tras año de forma realista. Al usar esta lente de alta precisión, se descubre que el declive europeo es menor al inicialmente considerado. Así, las economías de Europa y EE UU crecieron a un ritmo prácticamente calcado durante 25 años, y solo empezaron a separarse en 2020 debido a los planes de gasto público pospandemia del gobierno estadounidense.. Esta explicación no debe, sin embargo, refutar que Europa necesita reformas urgentes. Los diagnósticos críticos aciertan al señalar que nuestros mercados están demasiado fragmentados, nos faltan gigantes tecnológicos y nos cuesta atraer capital para innovar. Si no mejoramos nuestra productividad, el declive terminará por evidenciarse de forma más grave.. Así pues, Europa no se ha empobrecido de forma alarmante en estas dos últimas décadas. Simplemente, los europeos han tomado decisiones sociales diferentes con la riqueza que generan. Han sacrificado liderar los gráficos de producción material extrema a cambio de garantizar la asistencia médica, trabajar menos horas, disfrutar de más vacaciones, reducir la ansiedad económica y vivir más años. El reto del Viejo Continente es recuperar el dinamismo industrial y tecnológico, pero sabiendo que su modelo aún no está roto, simplemente mide el éxito con una vara diferente .

 

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