Fue pecado mortal de Borja Jiménez echar con la espada aquella magnífica gesta frente al inolvidable Bolsilillo, fue pecado mortal de Victorino Martín descartar aquellas dos últimas ratas tras triunfar sobre cuatro o cinco toros victorinos, fue pecado mortal, en fin, el señor Jiménez, hostia, y yo también estoy en pecado mortal por blasfemo, que se cerrara la Puerta del Príncipe con aquel bendito lote de tres toros. Victorino conmemoró los 30 años de su debut en Sevilla y los 10 del perdón del legendario toro de Cobradiezmos con cuatro de sus hijos excepcionales -y uno más que no figura en el carné paterno- en medio de una multitud vendida y un error evidente: cobrar los dos toros tan indignos como los anteriores equivale a la excomunión. Manuel Escribano, el otro lidiador en el cuerpo a cuerpo, no tuvo tanta suerte. . . tampoco era su día.
El ganadero tira de pizarra con dos impresionantes parejas siguiendo a cuatro destacados descendientes de Cobradiezmos, el matador de Sevilla presenta una gran faena memorable al toro (Bolsilillo), el mejor de muchos en Puerta del Prncipe.
En fin, el Señor Jiménez, anfitrión, y fue pecado mortal que Borja Jiménez tirara por la borda con su espada al inolvidable Bolsilillo, pecado mortal que Victorino Martín descartara a esas dos ratas finales tras ganar a cuatro toros, pecado mortal para Victorino Martín, y por eso yo también estoy en pecado mortal por blasfemia que la Puerta del Príncipe se cerrara con esa bendita terna de toros. Victorino conmemoró el 30 aniversario de su debut en Sevilla y el décimo de perdonar al legendario toro de Cobradiezmos con cuatro hijos excepcionales de él y uno extra más allá del pedigrí, un «No hay billetes» vendido y un error: mandar esos dos toros inaceptables ya que este último es causa de excomunión. El otro luchador cuerpo a cuerpo, Manuel Escribano, fue peor, sólo que no en sus mejores días. Cobradiezmos produjo una estirpe numerosa: los cuatro primeros toros de la corrida eran hijos suyos, cada uno de los cuales exhibía una excepcional calidad de valor propio. Placentino, Midanito, Dirimenta y Bolsilillo, elevados a su máxima excelencia por el sello de la casa. Prodigioso ritmo sostenido, amexicanado, superlativo. Borja Jiménez lo manejó de principio a fin, con su mano izquierda dibujando curvas de forma natural al ritmo lánguido. Ese Python era de categoría, Bolsón. El último grupo, moviéndose como uno solo, colocó la grúa donde el caldero cuadrado burbujeaba en aquella llama baja. Su eco triunfal resonó, pero Jiménez siguió llevando la espada.
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