En poco menos de un fuerte ¡A la mierda la Reina! , Robert Aramayo (Hull, Reino Unido, 1992) ha pasado de ser un actor cuya cara -complicada y llena de ángulos- suena de algo a un tipo casi inolvidable. Su papel en Incontrolable (I Sweet), donde delante de la mismísima reina de Inglaterra soltaba el improperio desde las alturas, no sólo le ha valido el Bafta en la última ceremonia de los premios del cine británico celebrada en febrero, sino que ha puesto al medio planeta cinefilia (o seriefilia) a golpe de portada: «¡Ah, es el duende»! De hecho, es el atormentado Elrond en El Señor de los Anillos: los anillos del poder y también es John Davidson en la cinta de Kirk Jones que devuelve al celuloide isleño a sus mejores tiempos de cine social, realista, inspirador, algo didáctico y necesariamente popular. Seguir leyendo
Se dio a conocer en El Señor de los Anillos: Los Anillos del Poder como el torturado Elrond es ahora el niño mimado del cine británico tras interpretar el papel de Leonardo DiCaprio y Timothée Chamalet en Incontrolable (I Sweet), donde interpreta a un hombre que padece el síndrome de Tourette.
En poco menos de un fuerte ¡A la mierda la Reina! , Robert Aramayo (Hull, Reino Unido, 1992) ha pasado de ser un actor cuyo rostro -complicado y lleno de ángulos- suena a algo a un tipo casi inolvidable. Su papel en Incontrolable (I Sweet), donde delante de la mismísima reina de Inglaterra soltaba el improperio desde las alturas, no sólo le ha valido el Bafta en la última ceremonia de los premios del cine británico celebrada en febrero, sino que ha puesto al medio planeta cinefilia (o seriefilia) a golpe de portada: «¡Ah, es el duende»! De hecho, es el atormentado Elrond en El Señor de los Anillos: los anillos del poder y también es John Davidson en la cinta de Kirk Jones que devuelve al celuloide isleño a sus mejores tiempos de cine social, realista, inspirador, algo didáctico y necesariamente popular. «En verdad, más allá del reconocimiento y los premios, de lo que me siento orgulloso de la película es de la acogida que tiene entre la gente y de que haya servido para dar a conocer una enfermedad de la que poco o nada se sabía hasta hace muy poco. Aramayo cita tanto su más reciente y aclamada obra como el síndrome de Tourette que padece su personaje además de que el hecho de que él esté generando la conversación que está provocando devuelve al cine un sentido de servicio quizás perdido. El director es consciente del minucioso trabajo que lleva años realizando por su parte. «Recuerdo haber visto un documental sobre Davidson en 1989. Me quedé impresionado. Entonces tenía 14 años y su sufrimiento acababa de empezar. Luego, unos diez años más tarde, vi otro en el que el propio Davidson hacía un relato de su existencia imposible». ¿Cómo voy a salir con una chica si puedo escupirle a la cara en cualquier momento? «decía. Fue conmovedor, sin duda. Y finalmente, a los 30 años, él mismo realizó un tercer documental donde aparecía casi como un activista y divulgador de su enfermedad. Se puede decir que la película que hemos hecho es casi la consecuencia necesaria de la relación tan estrecha con el cine que Davidson ha mantenido a lo largo de su vida». Aramayo afirma ahora que «la preparación para el papel» ha consistido básicamente en comprender una enfermedad del todo incomprensible. No se trataba de imitar sino de acercarse a ese sufrimiento. Es como vivir con una voz separada de ti, casi con otra persona, otra persona que es de mala gana y que siempre busca herir y molestar a los demás con lo que dice. A veces puede ser gracioso o ocurrente, pero la mayoría de las veces sólo busca molestar, herir, enfadar y avergonzar». El resultado es, de momento, un Bafta, una polémica en la gala de entrega de estos mismos premios (John Davidson, presente entre el público, soltó un sonoro negro-negro delante de los actores Michael B. Jordan y Delroy Lindo y la BBC, que prometió retirarlo del asunto en diferido, no lo hizo) y el honor de ser un actor con nombre, apellidos y hasta pasado. Sólo era el orgulloso duende de la serie de televisión. . «Es interesante ver cómo, de repente, mi carrera y mis opiniones generan interés. No sé cuántas veces he hablado ya de mi abuelo». ¿Su abuelo? «Sí, es español, vasco, de San Sebastián. Emigró y acabó en Gales con mi abuela. Trabajaba en Hull, donde yo nací, que en aquella época era un gran puerto pesquero. Yo quería ser capitán de uno de esos enormes arrastreros. Ganó reputación en Hull. Tenía fama de estricto y algo intimidante. Yo le quería mucho. Murió en Hull, aunque siempre que podía iba a San Sebastián. . . . Mi padre habla español y me da un poco de vergüenza no haber aprendido». Y ahí, de momento, lo deja Aramayo, que ya no es el duende.
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