Muchos españoles han descubierto en los últimos años que visitar Japón resultaba atractivo tanto por su cultura, gastronomía o tecnología como por una razón económica: el yen es barato. Para un turista europeo que paga en euros, comer sushi en Tokio, viajar en el tren bala, alojarse en Kioto o comprar productos tecnológicos japoneses resulta una tentación difícil de ignorar, sobre todo si es «con descuento». Pero detrás de esta situación se esconde uno de los grandes desequilibrios macroeconómicos actuales: la debilidad estructural del yen. Seguir leyendo
Estados Unidos muestra interés en elevar el valor del yen, como demuestra su intervención en los mercados a finales de julio
Fuente: MRSS-S News
En los últimos años, muchos españoles han descubierto que viajar a Japón no solo resultaba atractivo por su cultura, gastronomía o tecnología, sino también por una razón económica: el yen está barato. Para un turista europeo que paga en euros, comer sushi en Tokio, viajar en el tren bala, alojarse en Kioto o comprar productos tecnológicos japoneses genera un atractivo difícil de ignorar, sobre todo si está «con descuento». Pero detrás de esta situación se esconde uno de los grandes desequilibrios macroeconómicos actuales: la debilidad estructural del yen. La pregunta es si ese descuento está llegando a su fin o si se prolongará en el tiempo. A finales de julio, se llevó a cabo una acción coordinada entre los bancos centrales de Estados Unidos y Japón en el mercado de divisas para respaldar el yen. Esta acción resulta algo inusual y refleja hasta qué punto la depreciación de la moneda japonesa se ha convertido en un problema global. El Tesoro de EE. UU. compró yenes para respaldar la moneda japonesa, en la primera intervención conjunta relevante desde 2011, tras el terremoto de Japón. La medida logró inicialmente frenar la caída del yen, que pasó de mínimos cercanos a los 164 yenes por dólar a situarse en torno a los 156, aunque parte de esa mejora se ha revertido posteriormente. El origen del problema son los tipos de interés. Durante décadas, Japón ha sido la gran excepción monetaria del mundo desarrollado. Mientras Estados Unidos y Europa subían los tipos para combatir la inflación, el Banco de Japón mantuvo una política extremadamente expansiva: tipos negativos, compras masivas de deuda pública y control de la curva de tipos. Esta estrategia era coherente en una economía que luchaba contra la deflación y el bajo crecimiento, pero hoy en día resulta difícil de mantener en un mundo con una inflación más persistente, salarios al alza y tipos internacionales mucho más elevados que han acabado afectando al país. La diferencia entre los tipos de interés de EE. UU. y Europa sigue existiendo hoy en día, aunque se ha recortado considerablemente. Mientras que la Reserva Federal (Fed) mantiene el tipo de los fondos federales (los tipos de intervención a corto plazo) en el 3, 50 % – 3, 75 % y el Banco Central Europeo (BCE) fija el tipo de la facilidad de depósito en el 2, 25 %, el Banco de Japón (BoJ) fija su tipo de referencia en el 1 %. Esta diferencia mantiene al yen como una moneda de financiación atractiva: los inversores pueden endeudarse a bajo coste en yenes e invertir en activos denominados en dólares o euros con mayor rentabilidad. Se trata del conocido «carry trade», una dinámica que, aunque funciona, genera presión vendedora sobre el yen, lo que acentúa su debilidad. En 2024, el Banco de Japón comenzó a cambiar de rumbo, pero lo hace con gran cautela. Tras años de sobreactividad, el BoJ ha normalizado gradualmente su política monetaria, pero el mercado considera que avanza con demasiada lentitud. En su última reunión, mantuvo los tipos en el 1 %, aunque el tono de su discurso fue más comedido. El propio resumen de opiniones del BoJ sugería que el riesgo de que la inflación subyacente superara el objetivo del 2 % comienza a cobrar importancia, lo que abre la puerta a nuevas subidas en los próximos meses. De este modo, el consenso del mercado prevé nuevas subidas antes de que termine el año y durante el año siguiente. La dificultad radica en que Japón no puede subir los tipos como si fuera Estados Unidos, básicamente porque su economía presenta características muy particulares: una deuda pública muy elevada, una población envejecida, un crecimiento potencial reducido y un sistema financiero acostumbrado desde hace años a tipos casi nulos. Por lo tanto, subir los tipos demasiado rápido podría endurecer el mercado de deuda pública y encarecer la financiación del Estado. Aunque no subirlos lo suficiente también tiene sus costes: un yen débil encarece la energía, los alimentos y las importaciones, lo que reduce el poder adquisitivo de los hogares y ejerce presión sobre los márgenes de las empresas. Este punto es clave: durante mucho tiempo, un yen débil se consideró positivo para Japón, ya que favorecía a sus grandes exportadores. Las empresas convertían sus ventas al exterior en más yenes, lo que mejoraba sus beneficios contables. Sin embargo, hoy en día esta interpretación ya no es tan sencilla. En el contexto actual de tensiones geopolíticas, con guerras en Ucrania y en el Golfo Pérsico, un país con una moneda débil y que importa gran parte de su energía y materias primas ve cómo aumentan los costes de producción y el consumo interno. Por lo tanto, una depreciación excesiva ya no es una ventaja competitiva y se convierte en una fuente de inflación importada. Frente al dólar, la presión sobre el yen depende en gran medida de la Reserva Federal. Mientras la Fed mantenga tipos altos y el mercado no descarte recortes, el dólar seguirá contando con un soporte estructural. Además, la posibilidad de una subida de los tipos reforzaría su posición frente al yen si la inflación estadounidense volviera a sorprender al alzar. En ese escenario, una subida moderada por parte del Banco de Japón podría no ser suficiente para cambiar la tendencia. Por esta razón, el problema de la debilidad del yen no es solo japonés. . La intervención monetaria de finales de julio debe interpretarse como una señal y, en ningún caso, parece ser una solución definitiva. Recordemos que los bancos centrales pueden comprar divisas para frenar movimientos desordenados, pero, históricamente, estas intervenciones han tenido un efecto limitado cuando no han ido acompañadas de cambios en los fundamentos. En cuanto a esta medida, aunque coordinada, cabe destacar un dato curioso: no la llevó a cabo Japón, sino EE. UU. , y no se realizó con dólares, sino con euros. Lo importante fue que utilizó euros de sus reservas: vendió euros a cambio de yenes, con el objetivo de mantener el valor del yen sin obligar a Japón a vender deuda pública estadounidense, y así mantener la estabilidad del mercado de bonos del Tesoro [deuda soberana de EE. UU. ] y evitar un debilitamiento del dólar. Además, en el futuro, permitirán al Banco de Japón utilizar bonos del Tesoro de EE. UU. como garantía para que pueda obtener préstamos en dólares e intervenir en el mercado de divisas sin tener que vender los bonos. En resumen, todo un ejercicio de funambulismo financiero. . Entonces, ¿se acabarán las vacaciones baratas en Japón? Probablemente no, al menos de un día para otro. En cualquier caso, Japón seguiría siendo un destino fascinante para los turistas y, para los economistas, el fin de una anomalía monetaria. Juan Pablo Calle es gestor de inversiones en Acacia Inversione
