Pocos días después de que varios aviones secuestrados atacaran Estados Unidos hace 25 años, el Congreso aprobó un paquete de gasto de emergencia de 40 000 millones de dólares (70 000 millones en moneda actual) para financiar la reconstrucción y una primera respuesta militar. Un legislador, el demócrata Dave Obey, se anticipó al futuro: la ley, dijo, no era más que «un pago inicial» en una «lucha desagradable». De hecho, acabaría siendo un minúsculo desembolso inicial frente a una hemorragia de un cuarto de siglo —que aún continúa— para las arcas del país. Seguir leyendo
Los drones baratos merman la ventaja de un ejército construido en torno a plataformas muy caras
Feed de noticias MRSS-S
Días después de que varios aviones secuestrados atacaran Estados Unidos hace 25 años, el Congreso aprobó un paquete de gasto de emergencia de 40 000 millones de dólares (70 000 millones en moneda actual) para financiar la reconstrucción y una primera respuesta militar. Un legislador, el demócrata Dave Obey, se anticipó al futuro: la ley, dijo, no era más que «un pago inicial» en una «lucha desagradable». De hecho, acabaría siendo un minúsculo desembolso inicial frente a una hemorragia de un cuarto de siglo —que aún continúa— para las arcas del país. Donald Trump está utilizando el dinero de los contribuyentes para financiar una costosa guerra en Irán que ha alcanzado niveles críticos. En las últimas semanas, el alto mando militar ha transmitido una sombría evaluación al secretario de Defensa, Pete Hegseth: prolongar el conflicto es insostenible debido a la grave escasez de munición y al excesivo despliegue de tropas. Peor aún, la obsesión por una «cacarría» sofisticada mantiene la estrategia estadounidense anclada en el pasado de la Guerra Fría. Antes del 11 de septiembre de 2001, el país cosechaba los dividendos de la paz. El presupuesto militar anual rondaba los 28 000 millones de dólares —unos 50 000 millones en la actualidad—, al tiempo que se cerraban numerosas bases en el extranjero tras el colapso de la Unión Soviética. El año pasado, la factura superó los 9 mil millones, más del doble que China, incluso tras ajustar los costes laborales y el poder adquisitivo. Antes de cualquier nuevo aumento relacionado con la guerra, Defensa absorbe la mitad de todo el gasto discrecional de un presupuesto anual con un déficit de 2, 1 mil millones. Cualquier política presupuestaria que pretenda abordar seriamente los costes tendrá que hacer frente a este crecimiento insostenible. Desde el inicio de los bombardeos sobre Irán a finales de febrero, el comandante en jefe ha intentado presionar a los contratistas de defensa de EE. . UU. para que fabriquen más armas, y rápidamente. En marzo, la Casa Blanca reunió a BAE Systems, Lockheed Martin, Northrop Grumman, RTX, Boeing, Honeywell Aerospace y L3Harris Technologies. Tres meses después, Trump lanzó una petición similar, pero más apremiante, mientras que el Pentágono ponía en duda los optimistas plazos de producción de la industria. En julio viajó a Pensilvania para dar un tirón de orejas: «Tenemos la mejor calidad del mundo, pero necesitamos un poco más de rapidez». A medida que se acumulan los costosos pedidos de misiles, la tecnología moderna está transformando rápidamente las tácticas tanto en tierra como en el aire. El complejo militar-industrial estadounidense se enfrenta a otro punto de inflexión, como en 2001, cuando los planes y equipos de conflicto anteriores comenzaron a quedar obsoletos. Las guerras en Ucrania y Oriente Medio han ofrecido ejemplos reales de guerras con drones baratas y ágiles. Las estrategias asimétricas capaces de cerrar rutas marítimas o paralizar la actividad económica están ayudando a equilibrar la balanza frente a adversarios más grandes y ricos, tal y como hicieron los atentados del 11-S. Estos acontecimientos están poniendo rápidamente al descubierto el compromiso de Trump con sistemas tradicionales como el F-35, una Armada capaz de operar simultáneamente en dos océanos y la revitalización a gran escala del arsenal nuclear del país. Esto está frenando una reorientación más amplia hacia la guerra moderna. Dos décadas de guerra y operaciones militares en Irak, Afganistán y otros lugares han costado más de 8 mil millones, según estimaciones de la Universidad de Brown. La cifra incluye los compromisos sanitarios existentes para cubrir a los veteranos y el gasto ordinario del «presupuesto base», que hasta 2022 superó los 2 mil millones. La decisión de la Administración Trump de continuar en guerra, después de que el presidente prometiera evitarla, dio lugar a una solicitud presupuestaria de 1. 5 mil millones para 2027, un 50 % más que el año anterior. Se trata de un enfoque anacrónico que pone en peligro el futuro del país. Para empezar, EE. UU. no está obteniendo suficiente potencia de fuego por cada dólar gastado. Aunque sus armas puedan ser las más sofisticadas y caras del planeta, sus adversarios están logrando resultados con ejércitos no tripulados de bajo coste. Durante semanas, desde el último asedio en Oriente Medio, las fuerzas de EE. U. y sus aliados han perseguido miles de drones iraníes Shahed, cuyo coste estimado es de 35 000 dólares cada uno, utilizando interceptores Patriot de unos 4 millones por unidad. Tal despilfarro parece una característica del sistema, no un defecto. Las Fuerzas Armadas de EE. U. llevan décadas lidiando con los problemas de su avanzado programa de cazas F-35. Según un informe público de 2024, la «Producción Conjunta», en la que participan aproximadamente 2 000 contratistas de defensa liderados por Lockheed Martin, ha sufrido «un aumento de los costes y retrasos». Se trata de la «asombrosa» cifra de 2 000 millones a lo largo de varias décadas. Y las cuentas van a peor: las costosas modernizaciones y el mantenimiento han llevado a las Fuerzas Aéreas y a la Armada a reducir el total de horas de vuelo de la joya de la corona de sus flotas. El debate sobre el F-35. Existe una gran demanda del F-35, pero el aparato es objeto cada vez más de debates de carácter general. Washington desaprueba a los aliados de la OTAN, que se muestran cada vez más reacios a adquirir productos estadounidenses. Además, Alemania y Canadá se encuentran entre los países en los que han surgido dudas sobre la posibilidad de que este avión letal pueda ser controlado a distancia o condicionado de algún modo por las autoridades estadounidenses. Esto bastó para que Lockheed y el Departamento de Defensa desmintieran formalmente estas acusaciones el año pasado, pero este avión supersónico perderá atractivo para los compradores a medida que aparezcan armas más rentables y si las relaciones diplomáticas no mejoran tras la salida de Trump del cargo. . La guerra en Ucrania puede servir de advertencia. Kiev recurrió inicialmente a los vehículos de combate alemanes Leopard y a los estadounidenses Abrams. Sin embargo, los vehículos blindados, que cuestan 10 millones de dólares, se convirtieron en objetivos prioritarios para los drones rusos y ahora desempeñan un papel limitado en primera línea. Las Fuerzas Armadas de EE. U. están logrando al menos algunos avances hacia la guerra moderna. El Pentágono solicitó 70 000 millones de dólares para 2027 con el fin de desarrollar drones y otros tipos de drones. Están invirtiendo miles de millones en el desarrollo de la Fuerza Espacial, la sexta rama militar, creada por Trump en 2019, y en satélites con contratistas como SpaceX. Al mismo tiempo, el presupuesto prevé la creación de nuevos acorazados de la «clase Trump», con tecnología costosa y procesos de adquisición que se prolongarán durante décadas. Podrían convertirse fácilmente en el próximo fiasco del F-35, frustrando la búsqueda de armas más rápidas y baratas. Los autores son columnistas de Reuters Breakingviews. Las opiniones son suyas. La traducción, a cargo de Carlos Gómez Abajo, es responsabilidad de CincoDías
