Cada nueva película de Nanni Moretti se dirige a los espectadores como si fueran creyentes en lugar de meros espectadores. El italiano hace tiempo que ha convertido su cine en una extensión de sí mismo (de su cuerpo y su sangre, por seguir con la analogía ridículamente mística) que ha acabado siendo una liturgia, una oración, un espacio casi sagrado (o completamente profano, tanto es así) al que uno acude no para evadirse, sino para ver el mundo y a uno mismo de otra manera: más humana, más libre, más bella, más italiana. Digamos que la evasión es exactamente lo contrario: sacar el máximo partido a lo que se llama vida. Su película de 2023, El sol del futuro, fue un ejemplo extremo de todo lo anterior, de lo que él entendía por cine, de todo su cine, remontándose a lo más profundo de sí mismo. Era Moretti y eran todos aquellos que, desde el principio de los tiempos (incluso antes de *Un autarca*, de 1976), profesaron y siguen profesando la fe morettiana.
A pesar de la polémica desmesurada, el italiano firma su película más anómala y anodina en mucho tiempo. A su lado, la esperada *Primetime* (* * *), del debutante Lance Oppenheim y con Robert Pattinson, que intriga y sorprende, a pesar de lo errático de la narrativa, con un viaje tan turbio como cautivador hasta lo más profundo de las pantallas
Cada nueva película de Nanni Moretti se dirige a los espectadores como si fueran creyentes en lugar de meros espectadores. El italiano hace tiempo que ha convertido su cine en una extensión de sí mismo (de su cuerpo y su sangre, por seguir con la analogía ridículamente mística) que ha acabado siendo una liturgia, una oración, un espacio casi sagrado (o completamente profano, tanto es así) al que uno acude no para evadirse, sino para ver el mundo y a uno mismo de otra manera: más humana, más libre, más bella, más italiana. Digamos que la evasión es exactamente lo contrario: sacar el máximo partido a lo que se llama vida. Su película de 2023, El sol del futuro, fue un ejemplo extremo de todo lo anterior, de lo que él entendía por cine, de todo su cine, remontándose a lo más profundo de sí mismo. Era Moretti y eran todos aquellos que, desde el principio de los tiempos (incluso antes de *Un autarca*, de 1976), profesaron y siguen profesando la fe morettiana. . Por ello quizá, duele tanto Sucederá esta noche. El último trabajo del italiano (con parte de la producción española, por cierto) es una película que contradice buena parte de los principios en los que se sustenta la filmografía del romano. En su voluntad de resultar ligera en la gravedad, profunda en su liviandad, prolija y expresiva en cada uno de los silencios (es decir, lo que siempre ha sido el sello de la casa), se antoja artificiosa, apática, errática, enrevesada y, lo peor de todo, antimorettiana. Suena tremendo y espérate que no sea hasta sacrilegio.. Sucederá esta noche hace pie en una colección de textos del autor israelí Eshkol Nevo. Se cuenta la historia de un amor más grande que la propia vida y se cuenta a lo largo de unos años que pasan y unas vidas que se contradicen. Un hombre al que da vida el francés Louis Garrel se tropieza por azares del azar y de los propios tropiezos con una mujer interpretada por Jasmine Trinca. Es solo, y en el sentido más cinematográfico imaginable, un breve encuentro. Acto seguido, cada uno tomará su camino hasta que se vuelvan a ver. Lo que sigue es el relato de un amor tan carnal y certero que se antoja sencillamente imposible. Es curioso porque si uno hace abstracción de la propia película, pocas historias tan bellas.. Contra todo pronóstico, y más allá de destellos como el soberbio inicio, poco tarda la película en perderse en su propio laberinto. Por momentos, Sucederá esta noche quiere ser relato realista, casi crónica costumbrista; a ratos, melodrama clásico muy cerca de Sirk y semejantes; en contados instantes, comedia alleniana (por Woody Allen), y cuando quiere, como ya es norma y firma, hasta musical. El problema no es que quiera ser todo a la vez, sino que lo es a destiempo, de manera inconstante, casi siempre fuera de registro y con el falso pegamento de una música omnipresente empeñada en subrayarlo todo, o casi. El ambiente de una burguesía tan tipificada como irreal en el que se desarrolla la trama tampoco ayuda. Sí, hay momentos, decíamos, en los que Moretti vuelve a Moretti, pero tan escasos y mal distribuidos, que no cuentan. La escena del concierto, por cierto, es de no creer. Pero esto ya es otro asunto. Tremendo sí.. Robert Pattinson en la presentación de Primetime.EFE. Al lado del clásico (eso es Moretti), la sección oficial programó con criterio paritario al nuevo con aspiración a hype (ya saben, el acontecimiento del que a la vuelta de unos años nadie se volverá a acordar). Y aquí, Primetime. La película de Lance Oppenheim, antes autor de documentales celebradísimos y muy agudos como Spermworld (2024), aspira a ser una reflexión muy del nuevo cine sobre este mundo que vivimos atravesado por todo tipo de pantallas (pensemos en El brillo de la televisión, de Jane Schoenbrun). Quiere ser eso sin renunciar a la crónica negra, al terror, a la experimentación de formatos, a la denuncia, a la ironía y, apurando, al manifiesto político y hasta moral. Ambición y estilo no le falta y eso es, por definición, bueno. Muy bueno.. Se cuenta la historia pretendidamente real del presentador de televisión Chris Hansen (la película ha venido precedida por la enérgica protesta del aludido). Este fue el hombre que llevó al éxito el programa de telerrealidad To Catch a Predator, que básicamente consistía en cazar depredadores sexuales por el sistema dudosamente legal de incitar al delito. Uno podría pensar que estamos ante una nueva versión actualizada de Network, un mundo impacable, la película de Sidney Lumet de 1976, y algo del aroma y mucho de su capacidad para manchar la mirada sí que tiene.. Pronto, la película empieza a tomar curvas. No todas a la velocidad adecuada, pero todas exigen agarrarse bien al volante. Si bien es cierto que la vocación por infectar la pantalla y la obsesión del director por el virtuosismo formal se come una narración forzadamente confusa y desnaturaliza el drama hasta unos extremos en verdad dramáticos; no menos brillante (por cautivador y magnético) resulta el empeño de disponer la trama como un puzle montado y desmontado desde la cabeza del protagonista, desde el fondo de lo insondable, desde el interior de las dudas y sufrimientos de un Robert Pattinson como nunca o como siempre (tanto da). Primetime acaba por ser un laberinto de tiempos inconexos y turbios, de personajes perdidos, de flasbacks a abismos con eco, de diálogos extraviados y de pantallas (muchas pantallas) que comen pantallas. Irrita, confunde, desconcierta, abruma, aterroriza y más cosas. Sí, ha cantado hype.
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